09 junio 2026

EL CAMINO HACIA NINGUNA PARTE, ES A VECES, EL UNICO DESTINO


Hombre con abrigo oscuro de perfil observando la terraza de un bar tradicional de sábanas y adoquines por la mañana.


ANATOMÍA DE UN DOMINGO CUALQUIERA 


Aquel amanecer dominguero olía a churros, a café y a chocolate recién hechos. Sentado en una de las mesas del bar bajo tu ventana, esperabas ser atendido. La banda sonora de los que desayunaban felices conseguía traerte recuerdos lejanos. Y, mirando tus zapatos gastados, entiendes que la comunión con el mar suena idílica cuando estás lejos de la orilla, pero la verdad muerde los tobillos cuando pisas la cruda realidad.


​Terminas de desayunar y dejas atrás el murmullo insistente de aquellos que parecen tenerlo todo. Te metes las manos en los bolsillos del abrigo, donde guardas un tornillo suelto, un boleto de autobús caducado y un deseo absurdo de arreglar el mundo con una mirada. Perdiste el vuelo nocturno porque, una vez más, te quedaste mirando el parpadeo del tubo fluorescente en tu cocina. Esas cosas pasan. La mística se cae al suelo cuando recuerdas que debes pagar la luz hoy para que mañana no estés a oscuras.

La mística se cae cuando hay que pagar la luz.

​Caminas por una ciudad que despierta sin prisas, pero que no deja de empujarte por detrás sin pedir permiso. Te dolió el rechazo de ayer, claro que te dolió. El pecho se contrae como un puño cerrado, pero decides acelerar el paso. Quieres ganarle la última carrera al camión de la basura. No buscas grandes verdades; buscas un buen motivo para no dar la vuelta y regresar a la cama.


​No dejas de darle vueltas a la cabeza cuando comprendes que ella tenía razón al decirte que te complicas la existencia con abstracciones, que te pierdes en las luces y también en las sombras. Te da por pensar en esos nombres propios que se quedaron en el camino: no son mareas existenciales, son personas que ya no ocupan el espacio que acostumbraban a tu lado. Demasiadas ausencias.



Hombre de espaldas con los brazos extendidos sobre un banco de madera verde descascarillada en una calle peatonal con un portal antiguo al fondo.

No hay libros de autoayuda para quienes andan perdidos.

Sientes el impulso de gritarle al conductor del autobús que se detenga, pero no lo haces. Te sientas en un banco de madera pintada que descascara su verde viejo sobre tu pantalón. El sol roza tus pestañas. Ahí está el azul, pegado a la neblina de las fábricas. Te ríes fuerte, de golpe, asustando a una paloma coja que buscaba migas de pan. Qué estúpido resulta buscar armonías perfectas cuando tienes los dedos manchados de tinta barata. Tu superación no viene en libros de autoayuda; tu descaro escribiendo nada tiene que ver con cuando hablas. Vives de la forma en que decides amarrarte los cordones hoy, apretando fuerte, dispuesto a romper el nudo si hace falta.


​Mañana comprarás flores para el jarrón vacío, o tal vez gastes ese dinero en un paquete de cigarrillos y un destornillador plano en esa tienda de todo a cien reconvertida por los asiáticos. La vida se gestiona con estas herramientas pequeñas. Te levantas del banco con un dolor leve en la espalda baja, un recordatorio físico de que el tiempo avanza sin consultar tus estados de ánimo, sin preguntarte dónde quedaron los buenos tiempos. Miras al frente. El semáforo cambia a verde. Cruzas la calle sin mirar atrás, confiando en que tus piernas recordarán el camino hacia ninguna parte.


​Aún en domingo hay gente que corre para llegar a sitios donde no quieren estar. En cambio, yo camino despacio porque el zapatero del barrio cerró por jubilación y estos zapatos me destrozan los talones cada vez que intento apurar el paso. Mientras, sigo echándote de menos cuando el viento me da en la cara. Ese viento de la mañana que te trae el olor del pan recién horneado, ese que tanto te gustaba.


​Ya sé que no hay poesía en mis pensamientos, sino un dolor absurdo que me hace maldecir entre dientes. Saco el tornillo del bolsillo, lo lanzo a la alcantarilla y escucho el tintineo metálico al fondo. Decido que voy a llamarte al regresar a casa. Ya lo sabes: soy un desastre olvidando el móvil en casa. O mejor me compro una bolsa de chuches y me olvido de tu orgullo. El orgullo no llena el estómago ni arregla la losa levantada del pasillo. 


Mañana será lunes pero hoy el sol calienta el lomo de los gatos.

Mañana será otro lunes de vuelta al trabajo y caras largas en el metro, pero ahora mismo el sol calienta el lomo de los gatos callejeros y eso me basta para seguir arrastrando los pies un rato más.



Plano detalle de zapatos de cuero marrón gastados sobre suelo empedrado al lado de dos gatos callejeros durmiendo al sol bajo unos arcos de piedra.


​P.D.: A veces, el camino hacia ninguna parte es el único que nos permite encontrarnos.




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