Has salido a correr, como de costumbre. El asfalto todavía escupe el calor del día. Miras tus dedos manchados de tierra y sudor. Las flexiones moldean tu cuerpo y calman tu mente. El mundo acaba pesando lo que pesan tus recuerdos. Te detienes frente al semáforo que te pide cautela en rojo, como tus pensamientos. La ciudad te grita al oído verdades que optas por ignorar. No buscas salvación en ojos de extraños, tampoco su perdón. Sabes que la redención habita en las suelas de tus zapatos o en el silencio que sigue a una confesión interrumpida.
Tus pasos conocen el ritmo de las baldosas sueltas de tu camino. Evitas los charcos de aceite, tanto o más que los de agua. La libertad te golpea una y otra vez como un puñetazo en el estómago. Sientes el frío del metal en la barandilla. Subes los escalones de dos en dos, emulando la superación. El aire huele a comida barata y a desinfectante. Una mezcla genuina que te vuelve a recordar que llegaste a tu guarida: el lugar donde las máscaras se pudren bajo el blanco chirriante del fluorescente.
Abres la puerta. El desorden te recibe con los brazos abiertos. Arrojas las llaves sobre la mesa de madera que mantiene tus notas en hojas sueltas a buen recaudo, amontonadas en su propio caos. Te observas en el espejo roto del pasillo, el mismo que has intentado cambiar no sé cuántas veces. La grieta divide tu rostro. Te devuelve la imagen fragmentada de quien juraste ser. No hay gloria en el fracaso, pero sí la honestidad que necesita hacerse realidad.
Ese rincón donde las palabras
dejan de doler.
Buscas ese rincón donde las palabras dejan de doler. Te sientas y escuchas el latido de los vecinos a través de los tabiques de cartón. Te muerdes el labio. Piensas en las manos que soltaste por miedo a caer. Ahora el suelo está más cerca. La piel reclama contacto. La mente te pide la resurrección y el cuerpo exige su tregua. Escribes para no morir del todo. Escribes para que mañana tengas un motivo para despertarte.
Y, mientras la noche devora las sombras entre los edificios, te quedas ahí, con la mirada fija en el vacío, quizá esperando un milagro que no llega. Te basta con el roce de la realidad. Mañana volverás a empezar el ciclo. Caminarás y mirarás al cielo sin pedir permiso, volviendo a ser el dueño de tu propio círculo.
Te quitas la camiseta empapada y pegada a tu espalda como una segunda piel que ya no necesitas. La dejas caer al suelo. El impacto suena sordo: un peso muerto que abandona tu cuerpo cansado. Te frotas la nuca con ambas manos en un ademán de consolar el esfuerzo por seguir vivo. Sientes la sal de la jornada irritando tu mirada. El agua del grifo sale tibia, golpea la porcelana y salpica tus mejillas, borrando el rastro de la calle.
Cierras los ojos bajo la ducha. El ruido de la tubería vieja es la única música que soportas. No hay armonía en este edificio, solo la suma de soledades y sombras masticando el mismo aire. Te secas con la toalla que raspa como la lija. Te gusta ese dolor. Te devuelve al presente. Te obliga a notar que todavía ocupas un lugar en el espacio.
Caminas descalzo hacia la ventana. El cristal vibra con el paso de un autobús lejano. Miras hacia abajo, hacia ese hormigón que hace un momento intentabas dominar con tus zancadas. Te das cuenta de que la ciudad no duerme, solo aguanta la respiración. Tus vecinos van apagando las luces. Tú enciendes un flexo que no deja de parpadear.
El papel vuelve a desafiarte
Sacas una hoja en blanco. El papel vuelve a desafiarte, como cada día, con su pureza insultante. Sabes que vas a mancharlo con la mugre de tus pensamientos. No buscas ni tratas de recitar frases bonitas. Buscas la verdad que se esconde detrás de los dientes apretados y la boca cerrada. El amor por la escritura te sigue a todas partes, y no quieres renunciar a él; hacerlo sería el hambre que te despierta de madrugada.
Y, al final, la presión de mis dedos sobre el bolígrafo se vuelve excesiva. Necesito romper algo pero, pensándolo mejor, decido construirlo. Dibujo trazos que parecen cicatrices. Mi desastre y su arquitectura forzada toman forma. Cada palabra que escribo es un paso hacia el exterior. Cada tachón, un muro que intento derribar cuando el sudor se seca.
El frío entra por las rendijas de la persiana. Pero no importa: opto por seguir girando a mi alrededor, donde la tinta corre a mansalva. Mi corazón recupera su ritmo cotidiano. Me quedo a solas con mi sombra proyectada en el papel, dictando las leyes del reino que termina donde empieza la puerta.
P. D.:A veces, la única forma de ordenar el caos de la mente es manchar una hoja en blanco...



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