TRECE DE OCTUBRE

 



Cabizbajo frente al mar en una fotografía en blanco y negro en soledad consigo mismo.


A veces pienso que, si pudieras asomarte un instante a mis pensamientos, encontrarías al mismo niño de entonces, ese que se inventaba cualquier disparate para arrancarte una sonrisa y después se quedaba mirándote, satisfecho, como si acabara de hacer la cosa más importante del mundo.

​Aún hoy me sale esa forma de hacer el tonto cuando algo me duele demasiado, aunque ya no estés para decirme que deje de hacer payasadas. Hay cosas que se quedan con nosotros sin pedir permiso, recuerdos que uno cree olvidados, hasta que un día vuelven y te ocupan la cabeza.

​Me pregunto qué dirías al verme ahora. Sigo con mis manías y mis cabezonerías, ya sabes que hay cosas que no suelen cambiar, como esa forma tan mía de darle vueltas a lo que a veces no tiene explicación y que siguen rompiéndome la cabeza.

​Seguro que encontrarías algún defecto que señalarme, y es que no vamos a idealizarlo todo: qué bien me conocías. A lo mejor me reñirías por preocuparme tanto, por querer resolver con la cabeza aquello que todavía me duele por dentro. Te escucharía, claro, aunque luego acabara haciendo lo que me diera la gana, porque, al final, los hijos actuamos creyéndonos que todo lo sabemos.

​Hay días en los que me sorprendo buscando tu opinión en cosas insignificantes, como si bastara con cerrar los ojos para que apareciera esa forma tuya de escuchar hasta el final. No siempre necesitaba que me dieras una solución; a veces me bastaba con saber que podía contártelo, que no tenía que ordenar las palabras antes de hablar contigo. Ahora las ordeno, las desordeno, las escribo incluso, y hay preguntas sin responder que siguen quedándose a medio camino 

​Como cada trece de octubre volveré a pensar en ti de una forma distinta, aunque no sabría explicar en qué consiste esa diferencia. Bueno, sí: es la única vez en el año que, escribiendo, saco a pasear mis sentimientos por ti.

​Quizá sea que cada año descubro algún recuerdo que había dejado apartado, una tontería que entonces no parecía importante y hoy me hace sonreír sin darme cuenta al verlo escrito en un trozo de papel.

​Hace poco recordé uno de aquellos bailes nuestros, en los que sin ton ni son, nos poniamos a bailar. No consigo acordarme de qué canción sonaba en esa ocasión, lo que me fastidia un poco, aunque lo disfrute igualmente. Me habría gustado conservarla también para ponerla de vez en cuando y comprobar si mis pies todavía recuerdan aquellos pasos tan mal ejecutados.

​No quiero que todo lo tuyo termine reducido a la fecha de tu ausencia, ni que los demás piensen que recordarte consiste solamente en estar triste. Son muchos recuerdos tratando de sobrevivir.

​Fuiste mucho más que aquel último día. Fuiste mi madre en los días buenos, en los que me equivocaba y en los que te sacaba de quicio; en las tardes en que no pasaba nada extraordinario y, sin embargo, pensábamos que teníamos toda una vida por delante.

​Por eso sigo escribiéndote. No sé si estas palabras encuentran algún lugar adonde llegar, pero sí sé de dónde nacen: de esos momentos en los que cualquier gesto  me recuerda a ti.

Y mientras pueda, seguiré hablándote o escribiendote de esta manera, porque todavía tendré cosas que contarte, incluso aquellas que seguramente ya sabías antes de que yo aprendiera a decirlas.

​¿Sabes una cosa...? Sigo echándote mucho de menos.


​P. D. Sigo buscando tu abrazo entre las líneas que te escribo.




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