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Mostrando entradas de septiembre, 2026

La memoria de las voces imprevistas

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  El peso indispensable  de los recuerdos En mi memoria aún conservo el recuerdo de voces que llegaron sin pedir permiso, nombres que ya no sabría colocar en una fecha concreta o con un nombre correcto y que, sin embargo, reconocería por la manera de ordenar una frase, de interpretar un sentimiento o de vislumbrar un presentimiento. ​Hay personas que dejan marca sin proponérselo, quizá porque nunca pretendieron enseñar nada; simplemente estuvieron cuando tenían que estar y eso era suficiente. ​Durante mucho tiempo pensé que agradecer era recordar, guardar cada gesto en un lugar seguro para no perderlo. Pero la memoria también hace sus trampas y cambia de sitio las cosas o las olvida sin remedio. A veces devuelve una sonrisa donde hubo preocupación, o convierte una discusión absurda en una especie de aprendizaje que seguramente nunca existió, o simplemente lo olvidó. ​Tampoco importa demasiado. ​Con los años uno aprende a vaciar los bolsillos, a quedarse solo con lo indispe...

Perderse para encontrarse: reflexiones sobre el paso del tiempo y las decisiones.

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El peso de los planes  que caducan. No te cansas de ir poniendo nombres a las cosas antes de conocerlas, como si bautizar una posibilidad pudiera impedir que se deshiciera entre los dedos. ​Sabes que hay mañanas en las que basta con abrir una persiana para comprender que tampoco el día tiende a prometer demasiado. La calle está ahí, con los mismos coches mal aparcados, la panadería levantando el cierre y alguien que corre porque llega tarde a un trabajo que probablemente tampoco le espera con los brazos abiertos.   Pero sales como cada día.  Y así lo supones porque de eso se trata cuando hablas de voluntad, aunque la palabra resulte demasiado grande para ciertas decisiones pequeñas. ​No hace falta conquistar ninguna cima.  A veces basta con enviar aquel mensaje que llevabas tres días escribiendo y borrando, presentándote donde dijiste que irías, o reconocer que te equivocaste sin preparar antes una defensa. Hay derrotas que se parecen mucho a una tarde cualquie...

Seguir adelante cuando ya no esperas una respuesta

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  Hay noches que no terminan cuando amanece Ya no sabes si eres tú quien observa o te sientes observado por esos días que te miran de reojo desde el otro lado de la ventana. Quizá por eso permaneces inmóvil, con las manos vacías de esperanzas y llenas de desconfianzas, con esa extraña sensación de haber llegado demasiado tarde a lugares donde nunca estuviste. Hay noches que no terminan cuando amanece. Se quedan adheridas a la piel, detrás de tus sentidos, en ese lugar donde la memoria guarda aquello que, si te preguntan, juras haber olvidado. Vuelves a caminar sobre las ruinas de lo que imaginaste, procurando no hacer demasiado ruido, no vaya a ser que despierten todas esas preguntas que llevas años evitando. También hay derrotas que se parecen demasiado a la calma. Se aprende a convivir con ellas, a ponerles nombre, incluso a invitarlas a sentarse a la mesa mientras, al otro lado del café, la ciudad continúa fingiendo que nada sucede, que todo es de color de rosa, evitando tod...