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La memoria de las voces imprevistas

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  El peso indispensable  de los recuerdos En mi memoria aún conservo el recuerdo de voces que llegaron sin pedir permiso, nombres que ya no sabría colocar en una fecha concreta o con un nombre correcto y que, sin embargo, reconocería por la manera de ordenar una frase, de interpretar un sentimiento o de vislumbrar un presentimiento. ​Hay personas que dejan marca sin proponérselo, quizá porque nunca pretendieron enseñar nada; simplemente estuvieron cuando tenían que estar y eso era suficiente. ​Durante mucho tiempo pensé que agradecer era recordar, guardar cada gesto en un lugar seguro para no perderlo. Pero la memoria también hace sus trampas y cambia de sitio las cosas o las olvida sin remedio. A veces devuelve una sonrisa donde hubo preocupación, o convierte una discusión absurda en una especie de aprendizaje que seguramente nunca existió, o simplemente lo olvidó. ​Tampoco importa demasiado. ​Con los años uno aprende a vaciar los bolsillos, a quedarse solo con lo indispe...

Perderse para encontrarse: reflexiones sobre el paso del tiempo y las decisiones.

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El peso de los planes  que caducan. No te cansas de ir poniendo nombres a las cosas antes de conocerlas, como si bautizar una posibilidad pudiera impedir que se deshiciera entre los dedos. ​Sabes que hay mañanas en las que basta con abrir una persiana para comprender que tampoco el día tiende a prometer demasiado. La calle está ahí, con los mismos coches mal aparcados, la panadería levantando el cierre y alguien que corre porque llega tarde a un trabajo que probablemente tampoco le espera con los brazos abiertos.   Pero sales como cada día.  Y así lo supones porque de eso se trata cuando hablas de voluntad, aunque la palabra resulte demasiado grande para ciertas decisiones pequeñas. ​No hace falta conquistar ninguna cima.  A veces basta con enviar aquel mensaje que llevabas tres días escribiendo y borrando, presentándote donde dijiste que irías, o reconocer que te equivocaste sin preparar antes una defensa. Hay derrotas que se parecen mucho a una tarde cualquie...

Seguir adelante cuando ya no esperas una respuesta

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  Hay noches que no terminan cuando amanece Ya no sabes si eres tú quien observa o te sientes observado por esos días que te miran de reojo desde el otro lado de la ventana. Quizá por eso permaneces inmóvil, con las manos vacías de esperanzas y llenas de desconfianzas, con esa extraña sensación de haber llegado demasiado tarde a lugares donde nunca estuviste. Hay noches que no terminan cuando amanece. Se quedan adheridas a la piel, detrás de tus sentidos, en ese lugar donde la memoria guarda aquello que, si te preguntan, juras haber olvidado. Vuelves a caminar sobre las ruinas de lo que imaginaste, procurando no hacer demasiado ruido, no vaya a ser que despierten todas esas preguntas que llevas años evitando. También hay derrotas que se parecen demasiado a la calma. Se aprende a convivir con ellas, a ponerles nombre, incluso a invitarlas a sentarse a la mesa mientras, al otro lado del café, la ciudad continúa fingiendo que nada sucede, que todo es de color de rosa, evitando tod...

¿Dónde merece la pena quedarse?

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  Donde el silencio se vuelve habitable. Que mis sentidos se queden sin oficio ni beneficio si han de calibrar lo que ocurre cuando tu nombre no deja de estar girando a mi alrededor, en cada rincón de mis pensamientos. Quiero esa forma tuya de hacer habitable el silencio, de llenar la casa con tu respiración, como si el aire también supiera que hay lugares donde merece la pena quedarse sin prisas. No me sirven las promesas que se pronuncian de carrerilla. Prefiero gestos pequeños y sencillos, como una sonrisa que llegue sin anunciarse, con la certeza de saberte al otro lado. Elijo la calma que dejan tus dedos sobre mis dudas, esa manera de desordenarme sin hacer ruido, como quien abre una ventana para que el sol entre a sus anchas, sin pedir permiso a nadie. No busco un cielo perfecto ni una bonita historia escrita para quienes nunca se equivocan. Me basta con el latido que aprende de tus pasos, con las tardes que envejecen despacio mientras el mundo insiste en correr hacia ninguna...

El valor de los pequeños gestos y el silencio

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​ El refugio de la costumbre y la paz de la mesa compartida. Ignoro si a veces me empeño en convencerme de lo contrario, pero no me hagas demasiado caso. A veces me pierdo. Ya sabes cómo soy cuando el miedo se pone serio y empieza a hablar por mi boca. Tiene argumentos, incluso modales, pero nunca se queda a recoger el desastre que deja cuando se marcha. ​Disfruto como un niño chico con esa manera tuya de desordenar el aire al entrar en una habitación, como si las cosas recordaran de pronto el lugar que les corresponde. Hasta las sillas parecen cansarse menos cuando te sientas. ​Yo, en cambio, llevo años mudándome de un lugar a otro sin encontrar una casa que no termine oliendo a tu ausencia. Mi rostro se ilumina por la mañana cuando todo parece sencillo. Demasiado. Pongo café para dos aunque la lógica me mire con esa cara de funcionario que tienen las certezas. Después me río solo. Suelo hacerlo. Qué remedio. Al final hasta la costumbre aprende a fingir que no espera a nadie. El le...

Certezas difíciles de sostener

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La penumbra de lo que damos por sentado Las certezas son criaturas invisibles ; no se pueden tocar, ni medir, ni guardar en un cajón para cuando nos hagan falta. Son intangibles. No tienen peso ni volumen, pero pesan como si estuvieran hechas de plomo. Y, aun así, nos empeñamos en discutirlas como si pudieran dejarse encima de una mesa, junto a unas llaves o una taza de café olvidada desde la mañana. ¡Qué ironía! Basta que alguien levante un poco la voz para que otro responda convencido de haber encontrado el lugar exacto donde empieza la razón. Es curioso. Casi enternecedor. O desesperante, depende del día. Recuerdo una sobremesa cualquiera —ni siquiera era una fecha importante— en la que cuatro personas defendían cuatro certezas incompatibles, mientras el reloj de la cocina seguía avanzando con esa indiferencia que tienen los relojes hacia nuestras pequeñas guerras. Al final, nadie convenció a nadie . Solo hubo platos que recoger y un silencio bastante más sincero que todo lo que se ...

Reflexiones sobre el miedo y la ausencia

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  ​ El arte de quedarse cinco minutos más cuando todo invita a huir. Ignoro si a veces me empeño en convencerme de lo contrario; idas y venidas hacia ningún lugar... No me hagas demasiado caso. A veces me pierdo. Ya sabes cómo soy cuando el miedo se pone serio y empieza a hablar por mi boca. Viste de argumentos sólidos, incluso de modales exquisitos, pero nunca se queda a recoger el desastre que deja cuando se marcha. Disfruto como un niño chico con esa manera tuya de desordenar el aire al entrar en una habitación, como si las cosas recordaran de pronto el lugar que les corresponde. Hasta las sillas parecen cansarse menos cuando te sientas. ​Yo, en cambio, llevo años mudándome de un lugar a otro sin encontrar una casa que no termine oliendo a tu recalcitrante ausencia. ​La mirada se ilumina por la mañana cuando todo me parece sencillo. Demasiado. No lo entiendo: pongo café para dos aunque la lógica me mire con esa cara de funcionario que tienen las certezas. Después me río solo....