Vivir demasiado deprisa.
El peligro de perder el contacto con uno mismo. Todo el tiempo perseguimos objetivos, deseos o expectativas que quizás nacen de nosotros mismos, pero acabamos perdiendo el contacto con lo que sentimos. ¿Me puedes negar que el cuerpo acaba acusando los excesos? Algo parecido a la tirantez en los nudillos, la tensión que se instala en la base del cuello sin pertenecer al cansancio común. Ocurre cuando se ha corrido demasiado tiempo detrás de un impulso o una quimera que ni siquiera era propia, como si el cuerpo acabara pagando las prisas que ni siquiera eran nuestras. Vivimos demasiado deprisa, sometidos y dominados sin querer darnos cuenta. Se nota en la dificultad para ajustar la vista al objeto más cercano. Las cosas pierden sus bordes precisos y la mirada salta de un punto a otro sin llegar a fijarse en nada. La atención se disipa innecesariamente cuando sigo girando a mi alrededor. Hay jornadas que se consumen en esa inercia. Se entra en habitaciones sin recordar la intención inicia...