Entre la rutina y el olvido.
Basta de rimas, de sueños imposibles y versos predecibles. Intenta sonreir, pero se pierde en sus propios pensamientos. En como la madera de la mesa que está pegajosa y en como el camarero limpia el vaso con un trapo sucio mientras tú miras la pantalla del teléfono esperando una señal que nunca llegará.
Limpiaste las hojas secas del rosal con las manos desnudas y ahora te sangran los padrastros. Es así de simple. Todo tiende a tener un porqué. El amor no es un paseo hacia la gloria. Más bien es ese olor a humedad que sube del sótano cuando abres la puerta equivocada. Te acuerdas de como recorrias el contorno de su espalda bajo la luz fría de la cocina mientras hervía unos fideos instantáneos, pensando en la inmortalidad del alma junto a ella. Qué soberana estupidez. Demasiados folletines televisivos afloran hoy en día de tu niñez. Y eso que ni siquiera los recuerdas.
La poesía se escribe
con zapatos rotos.
Te pones la chaqueta de cuero. La misma que ella te regaló una Navidad repleta de sueños. Pesa como un remordimiento. Te queda estrecha en los hombros porque has ganado peso desde el último invierno. Caminas por la acera esquivando un charco donde flota una colilla aplastada. Como ese barquito velero cruzando la bahía. La poesía se escribe con los zapatos rotos, el corazón enganchado y la venda en los ojos. Quieres llamarla. Quieres gritarle que la odias con toda tu alma y a la vez guardas en el bolsillo del pantalón ese envoltorio de chicle que ella tocó con los dedos el martes pasado.
El semáforo cambia a rojo. Instintivamente te detienes cuando de repente un tipo en patinete eléctrico casi te atropella. Le gritas algo parecido a un insulto que suena ridículo en tu propia boca. Te asalta la risa sin poder evitarlo. Pero a la vez, sientes una rabia sorda que te quema el estómago. Las sombras no se acurrucan a los pies, te agarran del cuello de la camisa y te arrastran hasta el cajero automático a las cuatro de la mañana para comprobar que te quedan doce euros en la cuenta corriente. Así suele acabr la memoria. En una cuenta en números rojos o un calcetín desparejado en el fondo del cajón.
Miras tus manos sobre la barra del bar. Tienen manchas de tinta del bolígrafo barato que rompiste en un ataque de furia. Intentaste escribir algo hermoso sobre su cuello y acabaste firmando un tiquet de la compra donde ponía que el detergente estaba de oferta. Tú cabeza suele ir por un lado y tú realidad por otro bien distinto. Siempre lo has admitido, tu cabeza es un absoluto caos.
Mañana será otro día de mierda. Comprarás el pan al salir del trabajo Limpiarás el polvo del mueble del televisor. Odias que tus pensamientos se diluyan en la acumulación de polvo mientras ves la televisión. Pensarás en pegarte un tiro y luego recordarás que tienes que poner la lavadora porque no te queda ropa interior limpia. Pensando que no te queda otra, no en vano, así sobrevives. Rompiendo el ritmo. Dejando que los versos se pudran en la basura junto a las cáscaras de naranja.
Sobrevivir al ritmo de los días.
Mientras me quede un hilo de vida con el que tejer los recuerdos que me siguen atando a ti. Continuaré sin hacer lo que predico, es lo que tiene estar enamorado. Claro está, si no me cae una maceta en la cabeza, en un día de estos con mucho viento. También sería mala suerte. Pero es lo que tiene la vida...
P.D.: ¿También convives con el caos de los recuerdos, o prefieres mirar simplemente acia otro lado?
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