Mañana volveremos a poner cada cosa en su sitio.
La prudencia absurda de quien aprende a desconfiar. De nuevo siento ese instante extraño en el que ninguno de los dos reconoce haber dado el primer paso. Tal vez tu mano o la mía buscara la contraria sin demasiada intención, como quien comprueba con los ojos cerrados si todavía queda calor al otro lado de la cama. Pero no quiero hablar de esas pequeñas cosas que sirven para rellenar poemas cuando no se sabe qué decir. Prefiero quedarme con tu respiración mientras duermes a mi lado, con ese pequeño cambio que hace el aire cuando nos acercamos demasiado. Hay una parte de mí que todavía desconfía de la felicidad y se preocupa por la letra pequeña que aparece después de firmar. Aun así, quisiera olvidarme de ello porque me gusta mirarte cuando te arreglas el pelo. Me pasa solo contigo; no solo cuando te peinas, te duchas o te secas, sino simplemente cuando te observo a mi lado. No sé si eso debería preocuparme o si precisamente ahí empieza lo verdadero. Con el tiempo se apren...