Bajo el paraguas de una noche que no admite intromisiones, el sudor continúa su camino hasta volverse caligrafía sobre tu espalda. Ya no arrendamos la felicidad; ahora somos los dueños legítimos de este, nuestro rincón clandestino.
Aquí el tiempo es más que un contrato sin cláusulas: es un rehén al que decidimos no liberar. La única ley es el pulso que dicta la piel contra el lino frío, bajo el peso de las estrellas como únicos testigos.
El despertar no es risueño; es denso y magnético. Es el reconocimiento de las ninfas en el desorden de las sábanas, donde tus vacíos y los míos han dejado de ser espacios para convertirse en moldes.
No hay tintineo acaramelado. Solo queda el silencio profundo de quien ha viajado por el tiempo a través de un roce, con el alma desahuciada de toda lógica y, en la dermis, el rastro de un incendio pasado.
Soy el centro de tu calma tras la tormenta, un coleccionista de la geografía de tu descanso. La dualidad se ha resuelto: ya no somos versos ensamblados, somos el mismo papel donde se escribe el deseo.
El vaivén de fluidos y gemidos ha dejado un sabor a sal y almizcle; una narrativa muda que se lee mejor con los ojos cerrados, palpando el patrimonio de los sentidos que hemos construido entre las sombras.
Estás girando a mi alrededor, en mi misma órbita, pero esta vez no como algo etéreo, sino como la marea que se retira dejando la costa empapada de ti. No hay algodones. Hay una gravedad compartida que nos ancla al centro de este delirio.
Cada beso sabe ahora a hierro y a verdad, un aderezo de motivos crudos que nos obliga a morder la vida... antes de que el sol se atreva a reclamar su espacio.
P.D.: Ya no somos huéspedes del deseo, sino sus legítimos herederos...
Si te gustó la entrada, mira esta otra, te gustará...

.jpg)










