20 junio 2026

EL POLVO DOLORIDO DE LAS AUSENCIAS

 

Hombre mirando el interior de una nevera vacía por la noche en una cocina oscura.


Aprendiendo a existir en la soledad cotidiana. 


​Acostumbra a dejarse la luz del baño encendida; es una forma como otra cualquiera de sentirse acompañado al regresar a casa. Siempre llega tarde. Arrastra los zapatos por el pasillo como un hombre cansado tras cargar bolsas ajenas del supermercado.

​En el comedor, todo sigue como lo dejó. Mira la mesa: el cenicero guarda, olvidadas, dos colillas viejas y una moneda pegada por la cerveza seca. Piensa en su foto, que sigue torcida junto al reloj sin pila en el mueble del comedor. Nadie se atreve a corregir algo allá dentro. Todo se quedó anclado en el tiempo en el que aún disfrutaba de su compañía. Mantener su recuerdo intacto le hacía sentirse mejor.

​A veces abre la nevera por el simple placer de escuchar ruido, inmerso en esa soledad absurda que le acompaña todos los días. Ni hambre trae encima. Agarra una lata de cerveza, lee los ingredientes y vuelve a dejarla. Pierde el tiempo con idioteces como esas; reírse de uno mismo siempre le reportó beneficios. Una noche pasó media hora mirando una cuchara doblada. Sí, cualquiera se reiría. Antes se reía por tonterías pequeñas: por la forma rara en la que pronunciaba «dentífrico», por aquel ventilador sucio apuntando al techo en pleno invierno o por aquellas bromas que se profesaban mutuamente.





Primer plano de un hombre sentado en el baño mirando un móvil con la pantalla rota.

Sobrevivir a los días vacíos. 



​Ahora habla con los enchufes. Discute con las lámparas. Mira fijamente a la ventana del edificio de enfrente, donde el mismo anciano de todas las noches fuma incansable en calzoncillos a las tres de la mañana. La vida sigue sin echar el freno y eso jode, por mucho que trate de impedirlo.

​El huérfano de palabras, como lo llamaba ella, intentó borrarla del móvil, pero falló. Terminó sentado sobre la tapa del váter, con la pantalla agrietada entre las manos y los ojos llenos de rabia seca. Ni lágrimas le salieron. Su cabeza no dejaba de discutir entre susurros y el cuerpo aprendía trucos miserables para seguir existiendo sin ningún tipo de ayuda.

​Para él, la otra persona no dejaba de aparecer en sitios absurdos: dentro de una taza mal fregada, en el olor metálico del ascensor, en una bolsa con mandarinas olvidadas detrás del asiento del coche. Él quisiera arrancarla de su vida igual que arrancó aquel papel pegado bajo la mesa del bar. Las uñas terminaron negras aquel día y lo peor es que no consiguió desprenderlo del todo.

​No existe el amor eterno, tampoco los discursos aprendidos. La carne cambia de parecer. Los sentidos se entrecruzan sin previo aviso. La memoria traiciona. Los versos se repiten. La gente suelta promesas como quien reparte folletos cerca del metro.

​Él tampoco resultó inocente en aquel juicio premeditado. Por eso cargaba a sus espaldas la culpa que lo consumía, unas veces más que otras. Recuerda que calló asuntos feos. Rompió cosas por orgullo. Sacó la basura antes de tiempo. Una tarde, sin ir más lejos, lanzó el cepillo dental ajeno por la ventana y luego bajó once pisos para recuperarlo bajo la lluvia. Un vecino lo miró raro, bastante raro. Normal; no cabría esperar otra reacción.

​Desde entonces guarda la calma en los bolsillos, igual que otros guardan las llaves. A ratos funciona; otros, duelen. Sobre todo cuando acaba hablando con la otra persona frente al espejo empañado. Da vergüenza admitir eso, pero más vergüenza da fingir fortaleza mientras tiembla la mandíbula y el vaho desaparece, demostrándole que no está detrás, solo en sus pensamientos.

​La ciudad sigue llena de parejas compartiendo la respiración. Sonrisas espontáneas y otras que no lo son tanto. Gente doblando camisetas en lavanderías abiertas las veinticuatro horas. Motos pisando charcos. Ninguna tragedia detiene el tráfico.

​Y aun así él continúa. Lavando platos. Tendiendo la ropa. Aprende recetas rápidas y baratas en redes sociales. Respira hondo antes de dormir. Ya no rompe puertas. Ya no marca el número de la otra persona desde teléfonos prestados. Algo cambió ahí dentro, aunque nadie entregue medallas por sobrevivir a días o semanas vacías.

​Si la otra persona vuelve, encontrará menos ruido, pero también más polvo en las estanterías. Encontrará los restos de las batallas perdidas y el polvo dolorido que proporcionan las ausencias. Si no vuelve, él encontrará otra forma de sentarse frente al mundo sin partirse la boca contra cada recuerdo, sin desayunar las lágrimas derramadas por la silla vacía, y dejará con el tiempo de guardarle su tazón de los desayunos.



Viéndome reflejado en el cristal de la ventana.


​Viéndome reflejado en el cristal de la ventana, tocado y hundido por tu ausencia, reconozco que por ti vivo, que por ti sueño. Que, aun lejos de ti, no dejo de pensarte ni de reconstruir tu sombra en cada esquina, oyendo tu risa por doquier y viendo cómo tu imagen no deja de estar girando a mi alrededor. Y en esta maldita soledad, aún pesas más.




P.D.: El olvido es solo un inquilino más que no acierta a saber cuándo marcharse...













09 junio 2026

EL CAMINO HACIA NINGUNA PARTE, ES A VECES, EL UNICO DESTINO


Hombre con abrigo oscuro de perfil observando la terraza de un bar tradicional de sábanas y adoquines por la mañana.


ANATOMÍA DE UN DOMINGO CUALQUIERA 


Aquel amanecer dominguero olía a churros, a café y a chocolate recién hechos. Sentado en una de las mesas del bar bajo tu ventana, esperabas ser atendido. La banda sonora de los que desayunaban felices conseguía traerte recuerdos lejanos. Y, mirando tus zapatos gastados, entiendes que la comunión con el mar suena idílica cuando estás lejos de la orilla, pero la verdad muerde los tobillos cuando pisas la cruda realidad.


​Terminas de desayunar y dejas atrás el murmullo insistente de aquellos que parecen tenerlo todo. Te metes las manos en los bolsillos del abrigo, donde guardas un tornillo suelto, un boleto de autobús caducado y un deseo absurdo de arreglar el mundo con una mirada. Perdiste el vuelo nocturno porque, una vez más, te quedaste mirando el parpadeo del tubo fluorescente en tu cocina. Esas cosas pasan. La mística se cae al suelo cuando recuerdas que debes pagar la luz hoy para que mañana no estés a oscuras.

La mística se cae cuando hay que pagar la luz.

​Caminas por una ciudad que despierta sin prisas, pero que no deja de empujarte por detrás sin pedir permiso. Te dolió el rechazo de ayer, claro que te dolió. El pecho se contrae como un puño cerrado, pero decides acelerar el paso. Quieres ganarle la última carrera al camión de la basura. No buscas grandes verdades; buscas un buen motivo para no dar la vuelta y regresar a la cama.


​No dejas de darle vueltas a la cabeza cuando comprendes que ella tenía razón al decirte que te complicas la existencia con abstracciones, que te pierdes en las luces y también en las sombras. Te da por pensar en esos nombres propios que se quedaron en el camino: no son mareas existenciales, son personas que ya no ocupan el espacio que acostumbraban a tu lado. Demasiadas ausencias.



Hombre de espaldas con los brazos extendidos sobre un banco de madera verde descascarillada en una calle peatonal con un portal antiguo al fondo.

No hay libros de autoayuda para quienes andan perdidos.

Sientes el impulso de gritarle al conductor del autobús que se detenga, pero no lo haces. Te sientas en un banco de madera pintada que descascara su verde viejo sobre tu pantalón. El sol roza tus pestañas. Ahí está el azul, pegado a la neblina de las fábricas. Te ríes fuerte, de golpe, asustando a una paloma coja que buscaba migas de pan. Qué estúpido resulta buscar armonías perfectas cuando tienes los dedos manchados de tinta barata. Tu superación no viene en libros de autoayuda; tu descaro escribiendo nada tiene que ver con cuando hablas. Vives de la forma en que decides amarrarte los cordones hoy, apretando fuerte, dispuesto a romper el nudo si hace falta.


​Mañana comprarás flores para el jarrón vacío, o tal vez gastes ese dinero en un paquete de cigarrillos y un destornillador plano en esa tienda de todo a cien reconvertida por los asiáticos. La vida se gestiona con estas herramientas pequeñas. Te levantas del banco con un dolor leve en la espalda baja, un recordatorio físico de que el tiempo avanza sin consultar tus estados de ánimo, sin preguntarte dónde quedaron los buenos tiempos. Miras al frente. El semáforo cambia a verde. Cruzas la calle sin mirar atrás, confiando en que tus piernas recordarán el camino hacia ninguna parte.


​Aún en domingo hay gente que corre para llegar a sitios donde no quieren estar. En cambio, yo camino despacio porque el zapatero del barrio cerró por jubilación y estos zapatos me destrozan los talones cada vez que intento apurar el paso. Mientras, sigo echándote de menos cuando el viento me da en la cara. Ese viento de la mañana que te trae el olor del pan recién horneado, ese que tanto te gustaba.


​Ya sé que no hay poesía en mis pensamientos, sino un dolor absurdo que me hace maldecir entre dientes. Saco el tornillo del bolsillo, lo lanzo a la alcantarilla y escucho el tintineo metálico al fondo. Decido que voy a llamarte al regresar a casa. Ya lo sabes: soy un desastre olvidando el móvil en casa. O mejor me compro una bolsa de chuches y me olvido de tu orgullo. El orgullo no llena el estómago ni arregla la losa levantada del pasillo. 


Mañana será lunes pero hoy el sol calienta el lomo de los gatos.

Mañana será otro lunes de vuelta al trabajo y caras largas en el metro, pero ahora mismo el sol calienta el lomo de los gatos callejeros y eso me basta para seguir arrastrando los pies un rato más.



Plano detalle de zapatos de cuero marrón gastados sobre suelo empedrado al lado de dos gatos callejeros durmiendo al sol bajo unos arcos de piedra.


​P.D.: A veces, el camino hacia ninguna parte es el único que nos permite encontrarnos.




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02 junio 2026

GESTIONANDO LA SOLEDAD NOCTURNA


Un primer plano desde una perspectiva en primera persona de unos pies descalzos y relajados, que llevan pantalones de pijama de rayas oscuras, apoyados sobre la barandilla de metal forjado de un balcón por la noche. Los pies se proyectan sobre el telón de fondo de un gran edificio de apartamentos de ladrillo oscuro y una calle de la ciudad con tráfico nocturno borroso. La toma captura un momento de quietud y reflexión nocturna.


Cuando la noche se hace eterna: reflexiones sobre la soledad y los errores del pasado.

Cierras la tapa del portátil. El silencio de la habitación te golpea en la cara como si fuera un guante mojado. Te miras las manos con esos diez dedos que acaban de vomitar tus vaivenes existenciales sobre el plástico negro del teclado, en un intento de sanar tus heridas interiores. Te preguntas si el tipo reflejado en la pantalla apagada te reconocerá mañana. Te devuelve un contorno borroso, una sombra que parpadea con la luz que entra por la rendija de la persiana.          

          

​Sales a la terraza buscando aire puro, pero la ciudad te regala su aliento cargado de excesos. Miras abajo. La poca gente que camina de noche lo hace deprisa y pegada a sus teléfonos, esquivando charcos y miradas, atrapados en su propia dosis de normalidad programada. Ellos te ven como el bicho raro: el tipo que se queda estancado en el semáforo pensando en el peso de los recuerdos mientras el resto avanza. Tienen razón. Estás loco, pero tu locura tiene el tamaño exacto de todas esas cicatrices que has ido sumando a tu maltrecha existencia.



Un plano medio de un hombre joven con barba de pie en la misma terraza del balcón por la noche. Viste una sudadera con capucha burdeos y los pantalones de pijama de rayas de la toma anterior. Está apoyado con las manos en la barandilla de metal oscuro, mirando con expresión contemplativa hacia el edificio de apartamentos de ladrillo oscuro y el paisaje urbano nocturno que tiene enfrente. Su figura es central, capturando la soledad

 

​Te muerdes el labio inferior hasta sentir el sabor metálico del dolor. Es tu forma de recordarte que estás vivo, que la sangre corre y que las decisiones duelen en el estómago, no en la cabeza. Piensas en ella. Piensas en la última discusión, en los platos rotos que ninguno de los dos recogió y en el frío que dejó su ropa cuando desapareció del armario. El amor, cuando se va, deja ese vacío difícil de llenar con expectativas; un hueco en el colchón que ninguna teoría sobre la mente logra colmar. Te toca gestionar su ausencia con las manos desnudas y el corazón que no termina de  desangrarse.      

          

​Das un paso atrás y entras de nuevo en la habitación. El suelo se siente helado bajo tus pies descalzos. No existen mapas para salir de uno mismo o, al menos, no los encontraste. Te sientas en el borde de la cama, apoyas los codos en las rodillas y dejas caer la cabeza, cansado pero sin poder conciliar el sueño. Mañana volvera a ser un día cualquiera más el resultado de los errores que cometas esta noche. Te toca elegir si sigues huyendo de los fantasmas o si los invitas a cenar para terminar la batalla, aunque estés en desigualdad de condiciones.          

          

Pero bueno, ​terminas por  ponerte las zapatillas sin atar los cordones. El roce de la lona gastada contra tus talones te devuelve al suelo, a la losa fría del pasillo. Abres la nevera buscando algo que calme tu ansiedad, pero la luz blanca te devuelve el vacío de tres latas de cerveza caducadas y medio limón seco. La desconectas del enchufe para apagar el zumbido constante que se parece al ruido de tu cabeza. En el fondo de tu pecho sabes que el hambre no se quita con comida, sino cerrando las heridas que siguen abiertas por simple orgullo.          

          

​Caminas hasta la ventana del salón y apoyas la frente contra el cristal. El frío del vidrio te congela las cejas mientras observas al vecino de enfrente, un anciano que fuma en calzoncillos mirando a la nada, compartiendo tu misma tregua con el insomnio. Te dan ganas de gritarle, de preguntarle si el paso de los años desgasta la culpa o si te acostumbras a vivir con el peso de los trenes que dejaste pasar. Decides callar porque los hombres de verdad no buscan respuestas en boca ajena; se hunden en su propio lodo hasta encontrar el fondo donde poder impulsarse, o al menos eso es lo que aprendiste de tus mayores.       

   

Mano de hombre sobre una cama vacía en una habitación oscura, representando el vacío emocional y la soledad nocturna.


Aprendiendo a convivir con los fantasmas del presente.

         

​Saco el teléfono del bolsillo del pantalón, que me devuelve a mis propios pensamientos, y busco su nombre en la agenda. El dedo me tiembla sobre la pantalla táctil, a un milímetro de cometer el error de llamarla a las tres de la madrugada para decirle que la echo de menos. Borro el número de la memoria del móvil, pero el grabado que dejó en mis entrañas se queda intacto, doliendo con cada latido. Me doy la vuelta, dejo el móvil sobre la mesa de la cocina y decido que mi próxima decisión será aprender a dormir con el lado contrario de la cama totalmente vacío..


P.D.: Si esta noche también te encuentras mirando al vacío, recuerda que no eres el único bicho raro de la ciudad. A veces, compartir el peso de aquello que cargamos es la única forma de soltarlo.

Si te spetece puedes compartir eso que no te deja dormir...








23 mayo 2026

ESCRIBIR PARA NO MORIR

Corredor con camiseta azul clara corriendo hacia la cámara en una calle de la ciudad desierta al amanecer, con el horizonte urbano, simbolizando superación.



Reflexiones sobre la soledad y la redención urbana.

Has salido a correr, como de costumbre. El asfalto todavía escupe el calor del día. Miras tus dedos manchados de tierra y sudor. Las flexiones moldean tu cuerpo y calman tu mente. El mundo acaba pesando lo que pesan tus recuerdos. Te detienes frente al semáforo que te pide cautela en rojo, como tus pensamientos. La ciudad te grita al oído verdades que optas por ignorar. No buscas salvación en ojos de extraños, tampoco su perdón. Sabes que la redención habita en las suelas de tus zapatos o en el silencio que sigue a una confesión interrumpida.


​Tus pasos conocen el ritmo de las baldosas sueltas de tu camino. Evitas los charcos de aceite, tanto o más que los de agua. La libertad te golpea una y otra vez como un puñetazo en el estómago. Sientes el frío del metal en la barandilla. Subes los escalones de dos en dos, emulando la superación. El aire huele a comida barata y a desinfectante. Una mezcla genuina que te vuelve a recordar que llegaste a tu guarida: el lugar donde las máscaras se pudren bajo el blanco chirriante del fluorescente.


​Abres la puerta. El desorden te recibe con los brazos abiertos. Arrojas las llaves sobre la mesa de madera que mantiene tus notas en hojas sueltas a buen recaudo, amontonadas en su propio caos. Te observas en el espejo roto del pasillo, el mismo que has intentado cambiar no sé cuántas veces. La grieta divide tu rostro. Te devuelve la imagen fragmentada de quien juraste ser. No hay gloria en el fracaso, pero sí la honestidad que necesita hacerse realidad.


Hombre con camisa de lino gris visto de espaldas, mirando por una ventana nocturna de la ciudad, con un marco de fotos y el tráfico borroso, evocando recuerdos y fragilidad.


Ese rincón donde las palabras 

dejan de doler.


​Buscas ese rincón donde las palabras dejan de doler. Te sientas y escuchas el latido de los vecinos a través de los tabiques de cartón. Te muerdes el labio. Piensas en las manos que soltaste por miedo a caer. Ahora el suelo está más cerca. La piel reclama contacto. La mente te pide la resurrección y el cuerpo exige su tregua. Escribes para no morir del todo. Escribes para que mañana tengas un motivo para despertarte.


​Y, mientras la noche devora las sombras entre los edificios, te quedas ahí, con la mirada fija en el vacío, quizá esperando un milagro que no llega. Te basta con el roce de la realidad. Mañana volverás a empezar el ciclo. Caminarás y mirarás al cielo sin pedir permiso, volviendo a ser el dueño de tu propio círculo.


​Te quitas la camiseta empapada y pegada a tu espalda como una segunda piel que ya no necesitas. La dejas caer al suelo. El impacto suena sordo: un peso muerto que abandona tu cuerpo cansado. Te frotas la nuca con ambas manos en un ademán de consolar el esfuerzo por seguir vivo. Sientes la sal de la jornada irritando tu mirada. El agua del grifo sale tibia, golpea la porcelana y salpica tus mejillas, borrando el rastro de la calle.


​Cierras los ojos bajo la ducha. El ruido de la tubería vieja es la única música que soportas. No hay armonía en este edificio, solo la suma de soledades y sombras masticando el mismo aire. Te secas con la toalla que raspa como la lija. Te gusta ese dolor. Te devuelve al presente. Te obliga a notar que todavía ocupas un lugar en el espacio.


​Caminas descalzo hacia la ventana. El cristal vibra con el paso de un autobús lejano. Miras hacia abajo, hacia ese hormigón que hace un momento intentabas dominar con tus zancadas. Te das cuenta de que la ciudad no duerme, solo aguanta la respiración. Tus vecinos van apagando las luces. Tú enciendes un flexo que no deja de parpadear.


Primer plano de hombre con barba escribiendo en su escritorio por la noche, con la ciudad borrosa y un marco al fondo, reflejando la soledad urbana y redención.


El papel vuelve a desafiarte 

​Sacas una hoja en blanco. El papel vuelve a desafiarte, como cada día, con su pureza insultante. Sabes que vas a mancharlo con la mugre de tus pensamientos. No buscas ni tratas de recitar frases bonitas. Buscas la verdad que se esconde detrás de los dientes apretados y la boca cerrada. El amor por la escritura te sigue a todas partes, y no quieres renunciar a él; hacerlo sería el hambre que te despierta de madrugada.



​Y, al final, la presión de mis dedos sobre el bolígrafo se vuelve excesiva. Necesito romper algo pero, pensándolo mejor, decido construirlo. Dibujo trazos que parecen cicatrices. Mi desastre y su arquitectura forzada toman forma. Cada palabra que escribo es un paso hacia el exterior. Cada tachón, un muro que intento derribar cuando el sudor se seca.



El frío entra por las rendijas de la persiana. Pero no importa: opto por seguir girando a mi alrededor, donde la tinta corre a mansalva. Mi corazón recupera su ritmo cotidiano. Me quedo a solas con mi sombra proyectada en el papel, dictando las leyes del reino que termina donde empieza la puerta.


P. D.:A veces, la única forma de ordenar el caos de la mente es manchar una hoja en blanco...


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14 mayo 2026

APRENDIENDO A MANTENER EL EQUILIBRIO

 

Un plano medio corto de un hombre con barba, mirando ligeramente hacia arriba con una expresión de serena resignación. Lleva unas gafas de sol oscuras en cuyos cristales se refleja nítidamente el perfil de los rascacielos de la ciudad. El fondo es completamente negro, lo que resalta la textura de su piel y el detalle del reflejo, simbolizando a alguien que lleva el peso del entorno grabado en la mirada.

SIN PEDIR PERMISO A NADIE


Caminas por la calle masticando el humo de un cigarro apagado. Miras tus manos en un ademán de preguntar qué has hecho para merecer lo que tienes o dejas de tener. Están manchadas de tinta y fracaso. Te preguntas si alguien escucha el crujido de tus pasos sobre el cristal roto de las promesas que dejaste de cumplir. La ciudad rezuma ruido en cada esquina, mientras buscas una verdad que no duela tanto.

​El sol no deja de golpear el asfalto. No hay magia ni buena voluntad en este calor, solo ese olor característico a neumático quemado y a compulsiva desesperación. Escribes porque el pecho te quema, porque el corazón te lo dicta, no porque busques el aplauso de los maniquíes que dejas atrás en los escaparates. Tus palabras son piedras lanzadas contra los cristales blindados. Rebotan, golpeándote en la frente. Te dejan sangrando versos que nadie quiere escuchar y menos aún comprar.

​Buscas el rostro amado en cada reflejo y no puedes por menos que pensar que el amor es un perro sarnoso que te muerde los tobillos y luego se escapa. Te queda el frío de la cama vacía y el sabor a café recalentado. Miras al cielo. No hay respuestas en ese azul sucio de nubes grises, cargadas de lluvia ácida amenazando con borrar tus huellas.

Una impactante fotografía desde un ángulo cenital (desde arriba) que mira hacia la multitud. El sujeto principal, con gafas de sol y capucha, destaca como el único punto de enfoque y quietud en un mar de figuras borrosas que parecen orbitar a su alrededor en un remolino de gris y negro. El efecto visual refuerza la idea del acecho constante de la ciudad y la introspección forzada del individuo ante el tumulto.

EL SILENCIO PISÁNDOTE LOS TALONES 



​Aprietas los puños. Sientes el latido en las sienes. El coraje es el tambor de guerra de una batalla que ya perdiste. Pero continúas adelante. Sin otra opción que el silencio pisándote los talones mientras corres más deprisa. La vida es este trozo de pan duro que intentas tragar sin agua.

​Tu sombra intenta estirarse hasta tocar el borde del mundo. Te susurra al oído que te detengas. Te cuenta que el olvido es un refugio cómodo. Mientes. Dices que mañana será distinto. Intuyes que el mañana será de nuevo una trampa para ratones hambrientos. Aun así, metes la mano en el fuego para sentir, una y otra vez, el calor de la destrucción.

​Bajas la mirada al suelo y ahí, entre una colilla y un billete de metro usado, brilla algo. Es el resto de dignidad que te queda. Lo recoges. Te lo guardas en el bolsillo del pantalón. Continúas el camino hacia ninguna parte. El ritmo de tu corazón marca el paso de una canción que solo tú conoces. La música de los que no tienen miedo a romperse de nuevo.

​Frente al cristal oscuro de un portal, mi reflejo es una mancha borrosa, un espectro con los bolsillos vacíos. Resignado y girando a mi alrededor, ya no busco testigos ni redenciones en los ojos de extraños. Entiendo, al fin, que la canción desafinada es mi única y legítima pertenencia. Cruzo la calle sin percatarme del semáforo, con la mirada perdida y el paso firme, aceptando que mi destino no es llegar a ninguna parte, sino aprender a mantener el equilibrio sin pedir permiso a nadie.

Una toma frontal y simétrica en una calle urbana concurrida. El protagonista aparece estático y nítido en el centro de la imagen, vestido con una chaqueta oscura y capucha. A su alrededor, una multitud de personas se mueve rápidamente, creando un rastro borroso y fantasmal debido al movimiento. La imagen evoca la soledad absoluta en medio del ruido y la capacidad de permanecer firme mientras el mundo gira de forma caótica.



P. D.: Si me ves cruzar en rojo, no me grites; es la necesidad de seguir existiendo.





28 abril 2026

APRENDIENDO A VIVIR

Reflexiones sobre la soledad, el amor y el vacío emocional.

Hombre mirando por la ventana en un día lluvioso sensación de soledad urbana.

Cierras los ojos intentando evadirte del ruido del tráfico que, tras las ventanas, sigue recordándote con su zumbido constante que el mundo continúa, aunque tú estés frenado en seco.

​Te levantas de la cama. 

El suelo frío te devuelve a la realidad de ese piso pequeño que en los últimos años se ha convertido en tu morada. Miras el fregadero lleno de platos y las colillas apagadas en el cenicero: son restos de una noche donde intentaste encontrar una respuesta que nunca llegó.

​Buscas tu teléfono. 

Quieres volver a escribir ese mismo mensaje que borraste diez veces ayer. Tus dedos tiemblan un poco. No es miedo; es el hambre de algo de verdad entre tanta luminiscencia de pantallas que tratan de robarte el alma.

Hombre sentado en sofá con angustia emocional en interior oscuro y lluvia en la ciudad donde llueve.

​Piensas en ella. 

Piensas en cómo el amor se desgasta al no alimentarlo. Te dijeron que el tiempo cura las heridas, pero te mintieron: el tiempo solo te enseña a caminar con la cojera a cuestas.

​Caminas hasta la ventana. 

La ciudad se ve igual de gris que siempre. La gente se gasta el dinero en comprar lo que no necesita. Y prefieres quedarte ahí. Prefieres sentir ese vacío en el pecho porque, al menos, es tuyo. Es lo único que nadie te puede quitar. Esa tristeza tiene un peso sólido que te hace sentir vivo.

​Sales a la calle. 

El aire golpea tu cara y metes las manos en los bolsillos del pantalón. Cruzas la avenida sin mirar el semáforo. Buscas ese bar donde el café sabe a quemado y nadie pregunta tu nombre. Allí te sientas a ver pasar la vida. Escribes en una servilleta de papel; no buscas rimas, buscas desahogar el desconsuelo.

​Tus errores son tus cicatrices y las llevas con orgullo. 

No quieres ser esa versión perfecta que otros esperan de ti. Quieres ser aquel que se cae y se levanta con los nudillos raspados.

​La lucha interior no termina nunca.

 Es una pelea a no sé cuántos asaltos donde tú eres quien da los golpes y, al mismo tiempo, el saco de arena que los recibe.

Hombre recostado reflexionando en silencio en una habitación con luz tenue y lluvia en el exterior

​Vuelves a casa cuando el sol empieza a caer. 

La luz naranja baña las paredes desconchadas. Te quitas la cazadora y te miras en el espejo del baño. Ves a un hombre que ha perdido muchas batallas, pero que aún sigue en pie.

​Mañana será otro día de persecución.

 Perseguirás esa idea de felicidad que otros creen es la única y la mejor, cuando en realidad no hace sino escaparse entre los dedos.

Asi que quedo convencido, no importa cuántas vueltas tenga que dar girando a mi alrededor, porque aún, el camino es lo que cuenta y eso es lo que nadie me puede arrebatar.




P. D.: Seguir adelante también es una forma de resistir, porque no sanas, pero aprendes a vivir y a no romperte del todo...














12 abril 2026

El SILENCIO DE TERCIOPELO




Hombre con farol antiguo en jardín nocturno bajo la luna llena, estilo cinematográfico.

Un viaje al centro de la quietud en mi jardín de sueños.

Observo cómo el silencio se viste de oscuro terciopelo. Es densa y profunda la quietud que esta girando a mi alrededor, sosteniendo esta suspensión del espíritu: esencia líquida que navega entre sombras alargadas que envuelven y serenan el espacio. El pulso late pausado; el aliento apenas llena los pulmones.

Poco importa el estruendo del ruido lejano, pues apenas altera el latido. Nada ni nadie interrumpe la vigilia y nadie encuentra la salida de este jardín donde habito, refugio de sueños matizados por destellos y vacíos constantes.


Faroles con velas junto a un estanque en un jardín oscuro y sereno.

 Un refugio en el jardín de la quietud del pensamiento

Transitar el instante no presupone necesariamente el movimiento, decidido o errante, permanece la quietud del pensamiento. Me siento parte de la tierra somnolienta, permitiendo que el reloj me alcance y venza cada latido en la profundidad de mi propia existencia.

Evocando el enjambre de dudas y sueños que pretendo exiliar tras la frontera invisible que mis manos anhelan rozar, entre el negro y el azul del vacío, se halla el equipaje destinado a bordear el límite frente a mi propia existencia.

Hombre sentado de espaldas en banco de piedra mirando la profundidad de la noche.

La frontera invisible entre el destino y la quimera

Levitando en mi centro vibran las voces mudas: levedad del reflejo en la nada. Son sueños tejidos con la trama que consume el desvelo cuando, de tanto buscar lo inalcanzable, me transformo en la frágil quimera que quiebra mis versos...


P.D. No busco la salida del jardín, sino la valentía de habitarlo. Porque al final, el único equipaje que importa es el que no pesa en el alma...