12 abril 2026

El SILENCIO DE TERCIOPELO




Hombre con farol antiguo en jardín nocturno bajo la luna llena, estilo cinematográfico.

Un viaje al centro de la quietud en mi jardín de sueños.

Observo cómo el silencio se viste de oscuro terciopelo. Es densa y profunda la quietud que esta girando a mi alrededor, sosteniendo esta suspensión del espíritu: esencia líquida que navega entre sombras alargadas que envuelven y serenan el espacio. El pulso late pausado; el aliento apenas llena los pulmones.

Poco importa el estruendo del ruido lejano, pues apenas altera el latido. Nada ni nadie interrumpe la vigilia y nadie encuentra la salida de este jardín donde habito, refugio de sueños matizados por destellos y vacíos constantes.


Faroles con velas junto a un estanque en un jardín oscuro y sereno.

 Un refugio en el jardín de la quietud del pensamiento

Transitar el instante no presupone necesariamente el movimiento, decidido o errante, permanece la quietud del pensamiento. Me siento parte de la tierra somnolienta, permitiendo que el reloj me alcance y venza cada latido en la profundidad de mi propia existencia.

Evocando el enjambre de dudas y sueños que pretendo exiliar tras la frontera invisible que mis manos anhelan rozar, entre el negro y el azul del vacío, se halla el equipaje destinado a bordear el límite frente a mi propia existencia.

Hombre sentado de espaldas en banco de piedra mirando la profundidad de la noche.

La frontera invisible entre el destino y la quimera

Levitando en mi centro vibran las voces mudas: levedad del reflejo en la nada. Son sueños tejidos con la trama que consume el desvelo cuando, de tanto buscar lo inalcanzable, me transformo en la frágil quimera que quiebra mis versos...


P.D. No busco la salida del jardín, sino la valentía de habitarlo. Porque al final, el único equipaje que importa es el que no pesa en el alma...








26 marzo 2026

REFLEXIONES SOBRE EL TIEMPO, LA MEMORIA Y LA SOLEDAD


Hombre reflexivo con capucha mirando la lluvia a través de la ventana de un autobús en Madrid, Gran Vía al atardecer. Reflexiones sobre la soledad urbana.


Es curioso cómo la memoria se pierde en un callejón sin salida cuando buscamos algo de esperanza. Me reconozco en esa desidia, en esa pelea perdida de antemano contra las agujas que no sabremos nunca cómo parar.

Escribir sobre el tiempo es, al final, la única forma que tenemos de intentar detenerlo, aunque sepamos que la tinta acabará secándose y el reloj seguirá dando vueltas sin importarle nada más.

Me sobran los motivos para desconfiar de los calendarios, crueles y silenciosos que se llevan los besos que no di y los «te quiero» que se quedaron en la garganta, tal vez por orgullo o por simple desazón.

Camino por las calles recorridas una y mil veces. Entre pantallas que tratan de brillar más que los neones de la ciudad y ese ruido constante que intenta tapar el vacío. Admito que la ausencia es puro dolor, colándose por las costuras del corazón, recordando que cada pérdida es un peso muerto en el bolsillo.

Se aprende a convivir con el fantasma de aquello que pudo ser y no fue, a mirar las manos vacías, no como una derrota, sino como la necesidad de alcanzar algo más, al fin y al cabo solo quien ha tenido la posibilidad de respirar entiende el precio de haber estado vivo.

Esta lucha interior no es más que un baile mal ejecutado, con la soledad a cuestas, donde las tazas de café frío amontonadas en el fregadero son monumentos a las charlas que ya no tendremos.

Me rebelo contra la idea de que olvidar es un síntoma evidente de estar haciéndome mayor, prefiero la herida abierta que me mantiene despierto, ese rastro de ceniza que confirma que hubo fuego.


Primer plano de pies con zapatillas desgastadas en una calle mojada de Madrid, cerca de un cartel del Metro Gran Vía. Caminando por la ciudad con nostalgia.


Al final, cuando el sol se ponga tras los edificios de cristal y el asfalto exhale el calor de un día que ya es historia, me daré cuenta que mi único patrimonio serán esos giros inconfesados, el sentir de los que ya no están, grabados a fuego en un alma que, aunque con el corazón alborotado y maltrecho, se niega a cerrar los ojos ante el último envite del destino.

Sin embargo, me descubro negociando con el frío en los portales, buscando en el fondo de un café aguado el rastro de los que ya no contestan al teléfono. El tiempo no entiende de nostalgias, te cobra el interés en ojeras y silencios marcados en surcos de plomo sobre la piel, macerando los entresijos del pensamiento.

Miro mis manos, estas que hoy no llegan a sostener ni la mitad de lo que algún día pudieron, y entiendo que la lucha no es contra el reloj, sino contra el olvido que se filtra por las grietas de la rutina.

Me duele el pecho de tanto espacio vacío, de tanta ausencia que se vuelve inquilina fija en este apartamento de techos bajos y recuerdos altos, donde el futuro parece un anuncio publicitario en el que ya no puedo creer.

No dejo de maldecir la precisión de las horas que no perdonan el desorden de mis deseos, ese golpeteo de la persiana sobre el cristal. Sigo aquí, a mitad de camino entre el suelo y el cielo, masticando la rabia de saber que la belleza es un relámpago y el resto, humo que se desvanece tras la explosión.

Mucho me temo que escribiré mi queja en los muros desconchados de esta ciudad que corre sin saber a dónde llegar. Dejaré mi firma en el aire antes de que el viento la barra porque, aunque el tiempo gane siempre la partida, hoy me permito el lujo de llevarle la contraria, de quedarme un rato más, girando a mi alrededor, en el umbral de lo que fui, despeinado y terco, antes de que la noche decida que ya es hora de recoger y apagarlo todo.

Taza de café vacía y sucia sobre una mesa de madera en una cafetería de Madrid mirando a Gran Vía. Simbolismo de la ausencia y la soledad.

  • P.D. Sigo aquí, despeinado y terco, girando a mi alrededor hasta que el tiempo me alcance...







24 febrero 2026

HIERRO, SAL Y ALMIZCLE

 

Sábanas blancas desordenadas bajo la luz tenue del amanecer



Bajo el paraguas de una noche que no admite intromisiones, el sudor continúa su camino hasta volverse caligrafía sobre tu espalda. Ya no arrendamos la felicidad; ahora somos los dueños legítimos de este, nuestro rincón clandestino.

​Aquí el tiempo es más que un contrato sin cláusulas: es un rehén al que decidimos no liberar. La única ley es el pulso que dicta la piel contra el lino frío, bajo el peso de las estrellas como únicos testigos.

​El despertar no es risueño; es denso y magnético. Es el reconocimiento de las ninfas en el desorden de las sábanas, donde tus vacíos y los míos han dejado de ser espacios para convertirse en moldes.

​No hay tintineo acaramelado. Solo queda el silencio profundo de quien ha viajado por el tiempo a través de un roce, con el alma desahuciada de toda lógica y, en la dermis, el rastro de un incendio pasado.

​Soy el centro de tu calma tras la tormenta, un coleccionista de la geografía de tu descanso. La dualidad se ha resuelto: ya no somos versos ensamblados, somos el mismo papel donde se escribe el deseo.

​El vaivén de fluidos y gemidos ha dejado un sabor a sal y almizcle; una narrativa muda que se lee mejor con los ojos cerrados, palpando el patrimonio de los sentidos que hemos construido entre las sombras.

​Estás girando a mi alrededor, en mi misma órbita, pero esta vez no como algo etéreo, sino como la marea que se retira dejando la costa empapada de ti. No hay algodones. Hay una gravedad compartida que nos ancla al centro de este delirio.

​Cada beso sabe ahora a hierro y a verdad, un aderezo de motivos crudos que nos obliga a morder la vida... antes de que el sol se atreva a reclamar su espacio.


P.D.: Ya no somos huéspedes del deseo, sino sus legítimos herederos...


Hay noches que no admiten testigos, solo el de las sabana revueltas al amanecer



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07 febrero 2026

QUINCE SEGUNDOS DE TANGO


Mano de hombre con traje invitando a bailar tango sobre fondo negro


 UN TANGO SOBRE EL AMOR Y EL TIEMPO


Nuestro abrazo es un tango que bailamos en silencio, al compás de la piel, entre el humo y el vino. Quince segundos de amor, de besos y olvidos: el mundo se detiene y tu mirar es mi destino.

Se nos rompe el tiempo en un soplo de aliento; afuera, el ruido del mundo se torna un desierto. No importa el mañana, ni el frío, ni el viento, si en este abrazo certero, por fin te tengo.

La luz de un farol dibuja tu espalda y mi abismo. Este instante es un puerto, un refugio, un acierto, donde el amor se rinde y el cielo se estremece, naufragando en tu pecho a ritmo de tango.

Que se callen las voces, que se apague el ruido, ya no existe el desierto, ni el miedo, ni el frío. Son quince segundos de resurrección: si el tango se acaba... de nuevo me quedo, amarradito a tu cintura, muriendo de amor.


P. D.: Que ruede el destino, que pase la vida, que el tiempo se pierda en algún rincón. Si el tango se acaba, no habrá despedida: somos un solo abrazo... y un mismo corazón.


Primer plano de manos entrelazadas para bailar tango sobre fondo negro


También puedes escuchar estos versos aquí.





26 enero 2026

VIVIENDO EL INSTANTE:EL ARTE DE HABITAR EL PRESENTE

REFLEXIONANDO SOBRE

LA PRESENCIA DE LO INVISIBLE


El inicio de una reflexión profunda frente a la serenidad de lo que calla. ¿Qué buscamos en el horizonte cuando el tiempo se detiene?


Es aquí, donde solo estoy de paso, donde quisiera convertirme en un minuto de tu tiempo. Quizás sean premoniciones líquidas al tacto que desafían la rigidez de la costumbre, mientras ofrendo mi pulso hacia lo más alto.

​No importa la precariedad de mis sentimientos; sé que no es fácil sostenerse así, con el rostro expuesto a la intemperie de lo incierto. 

Avanzo frente a un paisaje desguazado, oculto tras un motín luminoso, en este conjunto de ideas breves anotadas al dorso donde todo se regenera.

​Es cuestión de sobrevivir, de subsistir... y, en ese breve instante, perderme en la eternidad de tu mirada.

​También me pierdo en las sombras de tu ausencia, en esa grieta por donde se filtra lo que aún no nos atrevemos a decir. 

No pretendo ser el ancla de tu destino, sino el rastro del viento sobre el agua: esa leve presencia que altera el orden de tu calma. En esa fragilidad encuentro mi fortaleza; soy la llama que no teme a las cenizas.

​Busco, en el reverso de tus silencios, el refugio donde tus penumbras se vuelven nítidas y el caos del mundo pierde su nombre ante la quietud de nuestras manos. No quiero ser solo un surco en la tierra, sino la luz que resiste cuando la noche arrecia.

​Al final, descubro que existo plenamente cuando estás a mi lado, devolviéndome la fe en lo invisible.



P. D.: Subsistir ya no es suficiente; elijo habitar el milagro de este instante, a tu lado.




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17 enero 2026

CÁRCEL DE SOLEDAD



El otro día, observando cómo el sol se ponía sobre un campo teñido de rojo, no pude evitar pensar en la naturaleza indomable de las amapolas. Son como 'mariposas de seda', frágiles pero valientes, que nacen donde quieren aún en su cárcel de soledad...




Hombre sentado en campo de amapolas observando mujer al atardecer



Mariposas de seda en el trigal,

gotas de sangre bajo el sol;

nacen sin permiso de nadie,

ni del invierno que se marchó.


​Tallo fino, ondeando al viento,

copa roja con la que brindar;

suspiros de solo un momento

que nadie puede domesticar.


​Crecen así de valientes donde

otras no se atreven a brotar.

No las guardes en frío cristal:

su alma necesita la libertad.


​Eres tan real como la amapola,

tan frágil, sutil e independiente,

que tu aroma y tu luz me llevan,

de flor en flor, hasta tu boca...


P. D.: Porque, si las cortas, de pena dormirán

bajo la reja de su cárcel de soledad...




Pareja distanciada en un vasto campo de amapolas bajo la luz dorada del atardecer.




Y...¿tú? ¿También sientes esa conexión con la belleza efímera de las flores silvestres? ¿Alguna vez has intentado cortar una amapola y has comprobado cómo se apagaba al instante? Comparte si te apetece tu experiencia en los comentarios.





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05 enero 2026

EL RASTRO DE LO IMPOSIBLE

 


El rastro de lo imposible




Hay una luz que no pertenece a los ojos, sino a la memoria que se niega a envejecer.


Al encender este fuego, no solo se disipan las sombras del frío invierno, sino que se invoca al niño que aún corre descalzo por el pasillo, buscando el rastro de lo imposible.

​Es la magia de reconocer que, aunque hoy el espejo me devuelva un rostro distinto, el corazón sigue latiendo con las mismas ganas de quien espera un milagro al alba.

​Cuidar y alimentar la ilusión no es un juego de niños; es la resistencia más pura: la de creer que, mientras mantengamos vivo el asombro, siempre habrá un motivo para sonreír antes de que salga el sol.



El rastro de lo imposible en la noche de reyes