SIN PEDIR PERMISO A NADIE
Caminas por la calle masticando el humo de un cigarro apagado. Miras tus manos en un ademán de preguntar qué has hecho para merecer lo que tienes o dejas de tener. Están manchadas de tinta y fracaso. Te preguntas si alguien escucha el crujido de tus pasos sobre el cristal roto de las promesas que dejaste de cumplir. La ciudad rezuma ruido en cada esquina, mientras buscas una verdad que no duela tanto.
El sol no deja de golpear el asfalto. No hay magia ni buena voluntad en este calor, solo ese olor característico a neumático quemado y a compulsiva desesperación. Escribes porque el pecho te quema, porque el corazón te lo dicta, no porque busques el aplauso de los maniquíes que dejas atrás en los escaparates. Tus palabras son piedras lanzadas contra los cristales blindados. Rebotan, golpeándote en la frente. Te dejan sangrando versos que nadie quiere escuchar y menos aún comprar.
Buscas el rostro amado en cada reflejo y no puedes por menos que pensar que el amor es un perro sarnoso que te muerde los tobillos y luego se escapa. Te queda el frío de la cama vacía y el sabor a café recalentado. Miras al cielo. No hay respuestas en ese azul sucio de nubes grises, cargadas de lluvia ácida amenazando con borrar tus huellas.
EL SILENCIO PISÁNDOTE LOS TALONES
Aprietas los puños. Sientes el latid⁹o en las sienes. El coraje es el tambor de guerra de una batalla que ya perdiste. Pero continúas adelante. Sin otra opción que el silencio pisándote los talones mientras corres más deprisa. La vida es este trozo de pan duro que intentas tragar sin agua.
Tu sombra intenta estirarse hasta tocar el borde del mundo. Te susurra al oído que te detengas. Te cuenta que el olvido es un refugio cómodo. Mientes. Dices que mañana será distinto. Intuyes que el mañana será de nuevo una trampa para ratones hambrientos. Aun así, metes la mano en el fuego para sentir, una y otra vez, el calor de la destrucción.
Bajas la mirada al suelo y ahí, entre una colilla y un billete de metro usado, brilla algo. Es el resto de dignidad que te queda. Lo recoges. Te lo guardas en el bolsillo del pantalón. Continúas el camino hacia ninguna parte. El ritmo de tu corazón marca el paso de una canción que solo tú conoces. La música de los que no tienen miedo a romperse de nuevo.
Frente al cristal oscuro de un portal, mi reflejo es una mancha borrosa, un espectro con los bolsillos vacíos. Resignado y girando a mi alrededor, ya no busco testigos ni redenciones en los ojos de extraños. Entiendo, al fin, que la canción desafinada es mi única y legítima pertenencia. Cruzo la calle sin percatarme del semáforo, con la mirada perdida y el paso firme, aceptando que mi destino no es llegar a ninguna parte, sino aprender a mantener el equilibrio sin pedir permiso a nadie.
P. D.: Si me ves cruzar en rojo, no me grites; es la necesidad de seguir existiendo.


