Cuando hacer las cosas bien te rebota de forma desquiciada, como si el Todo se erigiera en la supremacía del poder para hacerte resbalar por la ingravidez de la locura; cuando no hay lunas ni soles capaces de sostener tu día a día, sueltas adrenalina golpeando la cabeza con preguntas sin respuesta. Dañas la felicidad a fuerza de promesas, de supuestas y suculentas alegorías del «pudo haber sido y no fue». Y no porque quisieras actuar correctamente con tal de recibir felicitaciones o ganancias en especie, sino tan solo por la satisfacción de engendrar en tu corazón el verso de la esperanza. Porque no hay quimeras ni especulaciones suficientes para desterrar aquella sonrisa que pueda engalanar tu jornada. P.D.: No por mucho madrugar amanece más temprano.