Vivir demasiado deprisa.
El peligro de perder el contacto con uno mismo.
Todo el tiempo perseguimos objetivos, deseos o expectativas que quizás nacen de nosotros mismos, pero acabamos perdiendo el contacto con lo que sentimos. ¿Me puedes negar que el cuerpo acaba acusando los excesos? Algo parecido a la tirantez en los nudillos, la tensión que se instala en la base del cuello sin pertenecer al cansancio común. Ocurre cuando se ha corrido demasiado tiempo detrás de un impulso o una quimera que ni siquiera era propia, como si el cuerpo acabara pagando las prisas que ni siquiera eran nuestras. Vivimos demasiado deprisa, sometidos y dominados sin querer darnos cuenta.
Se nota en la dificultad para ajustar la vista al objeto más cercano. Las cosas pierden sus bordes precisos y la mirada salta de un punto a otro sin llegar a fijarse en nada. La atención se disipa innecesariamente cuando sigo girando a mi alrededor.
Hay jornadas que se consumen en esa inercia. Se entra en habitaciones sin recordar la intención inicial por la que se decidió entrar, se sostiene una conversación pensando en el compromiso siguiente y los gestos se vuelven automáticos, ejecutados con una torpeza veloz que no deja rastro en el pensamiento, porque levitamos sobre escenarios rutinarios.
El reflejo de la inercia.
Es un despertar angustiado al no saber dónde estás.
Cuesta trabajo admitir hasta qué punto esa velocidad resulta cómoda. Exige menos presencia que el detenimiento, porque detenerse obliga a inventariar el estado de las cosas, a reconocer el peso exacto de las prendas o la dureza del suelo bajo los zapatos. Y esa claridad no siempre es bien recibida; es más, la criticamos.
Preferimos el roce continuo del movimiento y avanzar de bruces contra el viento, porque eso anestesia el contacto con lo que nos falta conseguir.
Sin embargo, el freno nunca llega como una revelación ni como un gran acontecimiento. Quizá llegue con un golpe frontal, sí.
Pero, al final, sigue siendo un detalle menor, casi imperceptible: bajar la mano que iba a encender una luz antes de tiempo, renunciar a contestar un comentario o simplemente permitir que los minutos transcurran sin llenar el vacío con alguna tarea improvisada. Así empiezas a tratarte con la empatía que necesitabas, sin necesidad de demostrarlo.
De pronto, el aire vuelve a tener una densidad concreta, los deseos recuperan su lugar y la percepción se despierta. Instintivamente, vuelves a fijarte en las cosas que tienes delante.
Recuperando la escala real.
Las dimensiones del espacio recuperan su escala real y la atención se posa de nuevo sobre los bordes gastados del plato, la temperatura del vaso entre los dedos o la textura del pan que te estás comiendo, sentado en ese bar mientras contemplas el devenir de la gente tras los cristales.
La vida no se arregla en ese preciso instante, pero al menos vuelves a tener una referencia para saber hacia dónde te diriges y dónde prestar atención.
¿Nos detenemos porque por fin hemos aprendido a escucharnos o necesitamos que algo nos obligue a hacerlo cuando ya no podemos seguir corriendo?
P.D.: No todo lo que nos mueve nos acerca a donde queremos estar.



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