El valor de los pequeños gestos y el silencio


Imagen íntima cenital de una pareja en una cocina rústica, cogidos de la mano sobre una mesa de madera con café y galletas. Un momento de paz y conexión.

El refugio de la costumbre y la paz de la mesa compartida.


Ignoro si a veces me empeño en convencerme de lo contrario, pero no me hagas demasiado caso. A veces me pierdo. Ya sabes cómo soy cuando el miedo se pone serio y empieza a hablar por mi boca. Tiene argumentos, incluso modales, pero nunca se queda a recoger el desastre que deja cuando se marcha.

​Disfruto como un niño chico con esa manera tuya de desordenar el aire al entrar en una habitación, como si las cosas recordaran de pronto el lugar que les corresponde. Hasta las sillas parecen cansarse menos cuando te sientas.

​Yo, en cambio, llevo años mudándome de un lugar a otro sin encontrar una casa que no termine oliendo a tu ausencia. Mi rostro se ilumina por la mañana cuando todo parece sencillo. Demasiado. Pongo café para dos aunque la lógica me mire con esa cara de funcionario que tienen las certezas. Después me río solo. Suelo hacerlo. Qué remedio. Al final hasta la costumbre aprende a fingir que no espera a nadie.


Plano detalle en penumbra que muestra solo las siluetas de dos manos entrelazándose suavemente ante la luz cálida de una lámpara de mesa al fondo, simbolizando apoyo.

El lenguaje de los pequeños gestos.

​Las promesas me vienen grandes, sobre todo cuando se escriben con letras enormes y luego no caben en la vida. Me bastaría con una mano buscándome a oscuras, con la tranquilidad de saber que, si el mundo decide ponerse cuesta arriba otra vez, habrá alguien dispuesto a subirlo conmigo aunque resople a mitad del camino.

​Tarde o temprano uno termina descubriendo que la fuerza tiene muy poco de épica. Eso lo dejo para las películas. A veces consiste únicamente en quedarse cinco minutos más. Para no cerrar una puerta demasiado pronto. Por preguntar «¿cómo estás?» y soportar la respuesta entera, incluso cuando tarda en llegar.

​Admiro el silencio cuando deja de parecer una sala de espera. Cuando el tiempo pierde la costumbre absurda de contarlo todo como si la vida fuera únicamente minutos. Hay tardes que duran un suspiro y otras que pesan como un armario lleno de inviernos; nadie puede convencerme de que todo será siempre lo mismo.

​Tampoco creo que vaya a salvarme de nada. Lo que tenga que ser, será. Aunque eso suena demasiado premonitorio. Prefiero seguir tropezando donde siempre, pero sabiendo que, al levantar la vista, todavía existe un lugar donde mis dudas no estorben, donde mis cicatrices no tengan que pedir permiso para sentarse a la mesa.

​Quizá pido demasiado. O quizá llevamos demasiado tiempo conformándonos con migajas envueltas en nombres elegantes. Nos enseñaron a llamar fortaleza a la costumbre de aguantarlo todo. Yo ya no quiero ser experto en resistir. Empieza a cansarme esa medalla invisible que nadie te da cuando pesa más que cualquier derrota.

​¿Y por qué no volver a creer que una vida también puede construirse con gestos pequeños? Con la risa que llega antes que las explicaciones. Con la conversación que se alarga porque nadie mira el teléfono. Difícil de creer, por otro lado.


Vista de espaldas de un hombre pensativo ante una gran ventana de estilo parisino, contemplando la ciudad al amanecer. Una metáfora visual de la introspección y la paz.

Mirar hacia afuera cuando el silencio decide dar tregua.

​Extraña paz la que aparece cuando dejamos de defendernos el uno del otro y, por un instante, el mundo se calla y deja de hacer tanto ruido.


P. D.: Ojalá sigas estando al otro lado cuando el silencio vuelva a dar tregua.



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