Certezas difíciles de sostener


Silueta de cuatro amigos sentados a la mesa al atardecer visto desde el interior de una casa


La penumbra de lo que damos por sentado


Las certezas son criaturas invisibles; no se pueden tocar, ni medir, ni guardar en un cajón para cuando nos hagan falta. Son intangibles. No tienen peso ni volumen, pero pesan como si estuvieran hechas de plomo. Y, aun así, nos empeñamos en discutirlas como si pudieran dejarse encima de una mesa, junto a unas llaves o una taza de café olvidada desde la mañana. ¡Qué ironía!

Basta que alguien levante un poco la voz para que otro responda convencido de haber encontrado el lugar exacto donde empieza la razón. Es curioso. Casi enternecedor. O desesperante, depende del día.

Recuerdo una sobremesa cualquiera —ni siquiera era una fecha importante— en la que cuatro personas defendían cuatro certezas incompatibles, mientras el reloj de la cocina seguía avanzando con esa indiferencia que tienen los relojes hacia nuestras pequeñas guerras.

Al final, nadie convenció a nadie. Solo hubo platos que recoger y un silencio bastante más sincero que todo lo que se había dicho antes.

Quizá la verdad se parezca demasiado a eso: a un silencio que nadie sabe sostener demasiado tiempo.

Porque hablar... hablamos todos. Todos sabemos de todo. Con una seguridad admirable, además, como si haber vivido un puñado de inviernos concediera un título invisible para erigirnos como expertos en interpretar el mundo.

Y luego, ante cualquier contratiempo —una enfermedad, una llamada a deshora o un papel que no esperabas encontrar en un cajón—, la teoría empieza a hacer agua por sitios que ni imaginábamos. Ahí ya no resulta tan sencillo citar a nadie.

Pero sí, me hace gracia cuando escucho a quien asegura poseer respuestas definitivas. Definitivas. Qué palabra tan arrogante para una especie que todavía es incapaz de ponerse de acuerdo hasta sobre lo que ocurrió ayer por la tarde.

Ni los hermanos recuerdan igual una infancia compartida. Ni dos enamorados cuentan del mismo modo el instante en que comenzó todo. Uno recuerda una mirada; el otro, una frase. Y seguramente ambos estén diciendo la verdad... la suya.

Hay quien necesita convertir sus convicciones en bandera y ondearlas al viento. Otros las esconden como si fueran una cicatriz, algo de lo que avergonzarse.

Cuatro personas de treinta años conversando en una mesa de terraza en verano

Distracciones de la razón


Yo no sé muy bien dónde colocar las mías. No alcanzo a categorizarlas. A veces las defiendo. Otras las observo, pero con cierta desconfianza, como si hubieran envejecido durante la noche sin avisarme.

Supongo que también consiste en eso hacerse mayor: aceptar que algunas certezas caducan sin hacer ruido.

Otras, directamente, se olvidan. Puedes levantarte un día cualquiera convencido de una idea y acostarte el mismo día con la sospecha de haber estado años equivocado.

No es agradable. Es el inconformismo humano. Tampoco es el fin del mundo. Cosas que ocurren. Aunque el orgullo proteste y la razón lo atestigüe, ya se le irá pasando.

Quizás buscamos la verdad con el mismo empeño con el que un niño persigue el horizonte. Corre y corre, creyendo acercarse, y vuelve a correr. Pero nunca llega. Mientras tanto, aprende caminos, tropieza, se levanta y, de nuevo, vuelta a empezar. Encuentra cosas que ni siquiera iba buscando. Así aprendemos. ¿O no?

Tal vez el error no esté en alcanzarla, sino en pensar que alguien ya la guardó en un bolsillo y viene dispuesto a enseñárnosla.

Eso explicaría tantas discusiones inútiles, tantos púlpitos, tantos atriles, tantos programas de televisión donde todos hablan al mismo tiempo y nadie parece escuchar. Bueno, escuchar... alguno finge bastante bien.

Y mientras tanto, la vida continúa ocupándose de lo suyo, sin pedir permiso a nuestras conclusiones. Sigue su camino sin dar explicaciones.

Silueta de cuatro amigos sentados a la mesa al atardecer visto desde el interior de una casa


 Cuatro versiones de una misma tarde


Sale el sol para quien tiene razón y para quien no. Llueve sobre el honesto y sobre el miserable con idéntica falta de protocolo. Hay una especie de justicia extraña en esa indiferencia del mundo que siempre me ha parecido más creíble que cualquier discurso cuidadosamente construido.

Puede que la verdad, si existe, no tenga ninguna prisa por ser descubierta. Somos nosotros quienes vivimos con esa ansiedad absurda de etiquetarlo todo antes de que oscurezca. Como si nombrar las cosas bastara para comprenderlas.

Y, sin embargo... sigo haciéndome preguntas. Será un vicio, tal vez una necesidad. O una forma bastante torpe de seguir respirando entre tantas versiones de lo mismo.

Porque renunciar a las preguntas sería aceptar una paz que no siento, y prefiero la incomodidad de la duda antes que la tranquilidad prestada de quien ya cree haber llegado. Hay llegadas que se parecen demasiado a rendirse

.

P.D.: Quizá dudar sea también una forma de estar despierto.



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