Seguir adelante cuando ya no esperas una respuesta

 

Persona sentada sola en una lavandería nocturna mientras espera frente a las máquinas

Hay noches que no terminan cuando amanece

Ya no sabes si eres tú quien observa o te sientes observado por esos días que te miran de reojo desde el otro lado de la ventana.

Quizá por eso permaneces inmóvil, con las manos vacías de esperanzas y llenas de desconfianzas, con esa extraña sensación de haber llegado demasiado tarde a lugares donde nunca estuviste.

Hay noches que no terminan cuando amanece. Se quedan adheridas a la piel, detrás de tus sentidos, en ese lugar donde la memoria guarda aquello que, si te preguntan, juras haber olvidado.

Vuelves a caminar sobre las ruinas de lo que imaginaste, procurando no hacer demasiado ruido, no vaya a ser que despierten todas esas preguntas que llevas años evitando.

También hay derrotas que se parecen demasiado a la calma. Se aprende a convivir con ellas, a ponerles nombre, incluso a invitarlas a sentarse a la mesa mientras, al otro lado del café, la ciudad continúa fingiendo que nada sucede, que todo es de color de rosa, evitando todo aquello que pueda enturbiar nuestro glamuroso día a día.

Hasta que, de repente, algo, apenas perceptible, comienza a moverse dentro de ti.

No pueden ser deseos cumplidos. Todavía no.

Es solamente un punto y aparte en la certeza de que todo está perdido, una pequeña insurrección contra esa costumbre de rendirse antes de tiempo.

Y quizá sea suficiente para volver a levantarse. Sin la intención de vencer a nadie o de entender nada. Tan solo para seguir caminando y continuar por el sendero que te ha tocado, sin la sensación de haber llegado a ninguna parte.

A veces las circunstancias te obligan a permanecer de pie en mitad de ninguna parte, sosteniendo con las dos manos aquello que se desmorona dentro de ti, como quien intenta impedir que una casa vacía termine por venirse abajo.

Hay momentos en los que hasta respirar parece una forma de resistir.

Te levantas, corres las cortinas, abres las persianas y dejas que la mañana entre sin pedir permiso, sin invitación.

Aquello que ves por la ventana son los mismos coches, las mismas prisas, conversaciones que comienzan y terminan sin que nadie haya dicho realmente nada.

La vida continúa con esa facilidad que tienen las cosas cuando no llevan nuestro nombre. Lo contemplas un instante, después otro, como si entre los rostros que pasan pudiera aparecer alguna señal.

Una mujer cruza la calle mirando el teléfono. Un hombre fuma apoyado contra una pared. Un perro tira de la correa con una urgencia que no necesita explicación.

Todo ocurre mientras tú sigues esperando encontrar algo que no sabes nombrar.

Pero nadie sabe nada.

Hemos construido calendarios, relojes, edificios, fronteras, palabras y soluciones para casi todo, y seguimos sin encontrar una manera digna de explicar por qué algunas personas se quedan y otras se marchan.

Por qué algunas mentiras cicatrizan mal y otras acaban siendo verdades.

Siempre hay abrazos que pueden llegar cuando ya no se les espera ni queda nadie para recibirlos.

Mientras tanto, aprendes a disimular. A contestar «bien» sin detenerte demasiado en la mentira. A sonreír en las fotografías que publicas en las redes, a celebrar fechas, a brindar por los comienzos y los logros, incluso cuando por dentro todavía estás recogiendo los pedazos de la última caída, intentando aparentar lo que no eres y ocultar aquello que realmente sientes.


Piscina vacía con una bicicleta apoyada junto a una pared y una puerta abierta iluminando la oscuridad


Llegar demasiado tarde a lugares donde nunca estuviste.

No te falta razón cuando te repites que los sueños se construyen a fuerza de humo.

Durante mucho tiempo esperaste que alguien llegara a poner orden, a reconstruir tus expectativas, pero poco después entendiste que nadie vendría.

Porque, en definitiva, nadie conoce realmente el tamaño de nuestros espacios cerrados, ni la cantidad de veces que hemos encendido la luz para descubrir que seguíamos en semejante soledad.

Entonces empiezas a perdonarte. Es una forma como otra cualquiera de agarrarte a un clavo ardiendo.

Te das permiso para discutir lo que realmente importa, y no ocurre de golpe.

Primero esas pequeñas cosas: aquella llamada que no hiciste; el tren que dejaste marchar; la tarde en que preferiste callarte por miedo a perder lo poco que tenías y que, al final, ni cómo ni por qué, acabaste perdiéndolo igualmente.

Después vienen otras.

Las palabras que dijiste cuando estabas cansado de no ser tú mismo. Los nombres pronunciados con rabia. Algunas puertas que cerraste demasiado fuerte. El vaso que estrellaste contra la pared.

Y el orgullo, que suele aparecer cuando menos falta hace, terminando por ocupar el sitio de lo que realmente necesitábamos decir.

Con el tiempo reconoces que pedir perdón no siempre tiene que ver con volver. Consiste simplemente en dejar de cargar con algo que llevabas tanto tiempo guardando que habías olvidado su verdadero peso.

Cuando te propusiste volver, descubriste que ya no quedaba nadie viviendo allí, por mucho que quisieras recordarlo, ni siquiera tú.

El tiempo no pasa por encima de nosotros sin dejar huella.

Cambia la manera de mirar, la paciencia, las expectativas. Se lleva algunas certezas y deja preguntas que no siempre sabemos dónde guardar para no contestar.

Llegará el momento en que dejarás de buscar respuestas para ciertas cosas. Te conformarás solamente con que dejen de doler.

Que el teléfono no importe tanto. Que una canción pueda sonar sin alterar la tarde. Que una calle cualquiera nos traiga de repente el olor de alguien.

Y, sin embargo, algunas cosas permanecen.

Dos vasos sobre una mesa en un bar vacío durante la noche


Algunas cosas permanecen


No porque duren para siempre; la realidad es que todavía no hemos terminado de despedirnos o no hemos aprendido a desprendernos de ellas.

Otra noche más frente a esa ciudad de locos que sigue apagando sus ventanas.

Durante unos segundos ves tu rostro mezclado con las luces del exterior. No reconoces del todo a ese reflejo.

Hay más cansancio, eso es evidente, pero también esa serenidad que no es del todo perfecta. Todavía es frágil, como las paredes que han sobrevivido a una tormenta y conservan las manchas de humedad aunque haya dejado de llover.

Hay marcas que no desaparecen.

Con el tiempo dejas de mirarlas como una amenaza; otras terminan formando parte de la casa.

Entonces comprendes que las circunstancias te habían llevado hasta un lugar desde el que ya no era posible seguir apartando la mirada.

Aquello que durante tanto tiempo habías evitado estaba ahí, esperando sin prisas.

¿Qué si duele? Creo que sí. Y mucho.

Pero no más que cuando ciertas cosas se miran de frente durante el suficiente tiempo como para empezar a perder parte de su autoridad.

Un toque de atención: «Eh, tú, ¿sigues ahí?».

Enfrente, alguien cierra una persiana. En algún piso lejano suena un vaso contra una mesa. Un motor arranca y se pierde calle abajo.

Te apartas del cristal y caminas hacia la puerta sin saber todavía qué habrá después.

Porque sigues sin tener una respuesta que satisfaga tus necesidades.

Ni siquiera estoy seguro de haber entendido todo lo que ronda mi cabeza.


P. D.: Quizá seguir adelante sea, simplemente, dejar de esperar una respuesta.



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