Reflexiones sobre el miedo y la ausencia
El arte de quedarse cinco minutos más cuando todo invita a huir.
Ignoro si a veces me empeño en convencerme de lo contrario; idas y venidas hacia ningún lugar... No me hagas demasiado caso. A veces me pierdo. Ya sabes cómo soy cuando el miedo se pone serio y empieza a hablar por mi boca. Viste de argumentos sólidos, incluso de modales exquisitos, pero nunca se queda a recoger el desastre que deja cuando se marcha.
Disfruto como un niño chico con esa manera tuya de desordenar el aire al entrar en una habitación, como si las cosas recordaran de pronto el lugar que les corresponde. Hasta las sillas parecen cansarse menos cuando te sientas.
Yo, en cambio, llevo años mudándome de un lugar a otro sin encontrar una casa que no termine oliendo a tu recalcitrante ausencia.
La mirada se ilumina por la mañana cuando todo me parece sencillo. Demasiado. No lo entiendo: pongo café para dos aunque la lógica me mire con esa cara de funcionario que tienen las certezas. Después me río solo. Suelo hacerlo. Qué remedio. Al final, hasta la costumbre aprende a fingir que no espera a nadie.
Las promesas están sobrevaloradas, sobre todo cuando se escriben con letras enormes y luego no caben en la vida. Me bastaría con una mano buscándome a oscuras, con la tranquilidad de saber que, si el mundo decide ponerse cuesta arriba otra vez, habrá alguien dispuesto a subirlo conmigo, aunque resople a mitad del camino y le cueste seguirme el ritmo.
La terquedad de la luz: cuando la mañana insiste en quedarse
Admiro el silencio cuando deja de parecer una sala de espera. Cuando el tiempo pierde la costumbre absurda de contarlo todo como si la vida fueran únicamente minutos inquietos.
Hay tardes que duran un suspiro y otras que pesan como un armario lleno de inviernos; nadie puede convencerme de que todo será siempre lo mismo.
Tampoco creo que haya ganado al salvarme de nada. Lo que tenga que ser, será. Eso suena demasiado premonitorio. Pero es así de fácil. Prefiero seguir tropezando donde siempre, pero sabiendo que, al levantar la vista, todavía me quedará ese lugar donde mis dudas no estorben, donde mis cicatrices no tengan que pedir permiso para sentarse a la mesa.
Quizá pido demasiado. O quizá llevamos demasiado tiempo conformándonos con poquita cosa, con migajas envueltas en nombres elegantes.
Nos enseñaron a llamar fortaleza a la costumbre de aguantarlo todo. Pero ya no quiero ser experto en resistir. Empieza a cansarme esa medalla invisible que nadie te da cuando pesa más que cualquier derrota.
Extraña paz: el refugio donde las cicatrices ya no duelen
¿Y por qué no? Volver a creer que una vida también puede construirse con gestos y hechos pequeños. Con la risa que llega antes que las explicaciones. Con la conversación que se alarga porque nadie mira el teléfono.
Difícil de creer, por otro lado. Extraña paz que aparece cuando dejamos de defendernos el uno del otro y que, por un instante, el mundo se calle y deje de hacer tanto ruido girando a nuestro alrededor.
P.D.: A veces, lo único que nos salva es saber quedarnos a medias con alguien.
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