La vida escuece, duele y mucho.
Maldito el aceite caliente que te salpica con rabia en la camiseta mientras te fríes un huevo. Aún es peor cuando te salta en la muñeca y te sobresaltas de dolor, porque la vida escuece. Pero la mayoría de las veces, no solo escuece; duele. Duele y mucho.
Miras de nuevo el móvil con la pantalla rota y vuelves a pensar que tienes que arreglarlo. Es un pensamiento que se diluirá una vez más, porque sabes que de nuevo se te olvidará. Hay tres mensajes de ella guardados en el buzón que nunca vas a borrar. De vez en cuando los reabres y piensas que aún sigue ahí. Te gusta engañarte, dándote esperanzas de algo que no sucederá jamás.
Dos náufragos a la deriva en un charco tras la lluvia
Te busca entre la gente que compra el pan a toda prisa. El sol pega fuerte en el asfalto derretido. Huele a gasolina y a azahar. Qué contradicción tan tonta. Te quiere con rabia, como se quiere a los perros callejeros que muerden la mano que les da de comer. También te odia porque le haces falta para respirar. Para continuar. Aun así, no te atreves a dar el primer paso. Nunca lo das.
El vecino de al lado arrastra una bombona de butano por el pasillo y el ruido te vuela la cabeza. El tiempo no pasa: se acumula en los rincones como la pelusa debajo del sofá. Ayer limpiaste la cocina con saña, frotando los azulejos hasta que te sangraron los dedos, pensando en sus ojos como los de un gato nocturno observándote en la oscuridad. Menuda estupidez. Sois dos náufragos a la deriva en un charco tras la lluvia. Reconoces que os abrazabais mal, chocando los dientes y rompiendo, como aquella vez, los botones del abrigo barato.
Espejismos que invento para poder dormir
Vuelve con su falda de flores y sus zapatos gastados por los lados. Trae un paquete de tabaco rubio y una sandía enorme bajo el brazo. La partís a la mitad con el cuchillo de trinchar el pollo y os llenáis la cara de zumo pegajoso. Riéndoos por no llorar. Mirándoos a hurtadillas.
Mañana será otro día de facturas y de trenes perdidos. Se va sin despedirse, esfumándose en mis pensamientos, mientras intento arreglar el grifo que gotea en el baño. El agua corre. El agua siempre corre arrastrando consigo la roña del pasado. Ese pasado que nunca vuelve. La espero, siempre la espero, aunque sé que no va a volver, porque solo son espejismos que invento para poder dormir.
P. D. Las heridas que no cierran siempre encuentran la forma de salpicar su dolor.



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