¿Dónde merece la pena quedarse?
Donde el silencio se vuelve habitable.
Que mis sentidos se queden sin oficio ni beneficio si han de calibrar lo que ocurre cuando tu nombre no deja de estar girando a mi alrededor, en cada rincón de mis pensamientos.
Quiero esa forma tuya de hacer habitable el silencio, de llenar la casa con tu respiración, como si el aire también supiera que hay lugares donde merece la pena quedarse sin prisas.
No me sirven las promesas que se pronuncian de carrerilla. Prefiero gestos pequeños y sencillos, como una sonrisa que llegue sin anunciarse, con la certeza de saberte al otro lado.
Elijo la calma que dejan tus dedos sobre mis dudas, esa manera de desordenarme sin hacer ruido, como quien abre una ventana para que el sol entre a sus anchas, sin pedir permiso a nadie.
No busco un cielo perfecto ni una bonita historia escrita para quienes nunca se equivocan. Me basta con el latido que aprende de tus pasos, con las tardes que envejecen despacio mientras el mundo insiste en correr hacia ninguna parte.
Déjame quedarme donde las palabras dejan de defenderse, porque basta con mirarnos para entender que todavía existe un rincón intacto al que no han llegado las ausencias.
Apostaría porque el invierno no tenga siempre la última palabra, porque las heridas encuentren descanso sin dejar de ser heridas, porque soñemos despacio y sin interferencias nuestros sueños.
Pidiéndote que el mañana nazca despacio entre el rumor de tu pecho y el temblor nervioso de quien aún cree que el amor también se construye con momentos más humildes.
Mientras el mundo insiste en correr.
Me gusta la costumbre de volver a ti como vuelve el agua a reconocer el cauce, sin preguntas, sin mapas, sin prisas, sin otra dirección que la de tus brazos abiertos y tu mirada profunda.
Y si alguna vez la noche decide quedarse más tiempo, quédate tú también, para enseñarle a la oscuridad que existen abrazos capaces de encender todo aquello que habita en la memoria.
Y cuando el tiempo vuelva a llamarnos por nuestro nombre, no le contestaremos. Dejaremos que espere un instante más, como el atardecer claudicando poco a poco ante la luna.
Allí donde todavía existen abrazos.
Habrá cosas que no entiendan los demás, porque nacieron para vivirse despacio, muy cerca de tu piel, muy cerca de la mía, allí donde sigo necesitando tus abrazos constantes.
P.D.: Quédate un poco más; todavía nos queda tiempo para querernos despacio.
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