Perderse para encontrarse: reflexiones sobre el paso del tiempo y las decisiones.


Un plano general (16:9) que captura la silueta de un hombre de espaldas, de pie en la oscuridad de una habitación con suelo de madera, mirando a través de un gran ventanal. El exterior es un paisaje urbano lluvioso y nocturno, saturado en tonos fríos de azul y verde azulado. Las luces de los edificios y los faros de los coches están desenfocadas por la lluvia en el cristal, creando un efecto pictórico. La escena es introspectiva y ligeramente melancólica.



El peso de los planes
 que caducan.

No te cansas de ir poniendo nombres a las cosas antes de conocerlas, como si bautizar una posibilidad pudiera impedir que se deshiciera entre los dedos.

​Sabes que hay mañanas en las que basta con abrir una persiana para comprender que tampoco el día tiende a prometer demasiado. La calle está ahí, con los mismos coches mal aparcados, la panadería levantando el cierre y alguien que corre porque llega tarde a un trabajo que probablemente tampoco le espera con los brazos abiertos.  

Pero sales como cada día. 

Y así lo supones porque de eso se trata cuando hablas de voluntad, aunque la palabra resulte demasiado grande para ciertas decisiones pequeñas.

​No hace falta conquistar ninguna cima. 

A veces basta con enviar aquel mensaje que llevabas tres días escribiendo y borrando, presentándote donde dijiste que irías, o reconocer que te equivocaste sin preparar antes una defensa. Hay derrotas que se parecen mucho a una tarde cualquiera y, quizá por eso, tardaste tanto en reconocerlas.

​Aprendes con el tiempo que los planes también envejecen. Se quedan en algún cajón junto a recibos antiguos, fotografías que ya no recuerdas quién hizo y alguna llave de alguna puerta que seguramente ya no exista. De vez en cuando aparecen cuando buscas otra cosa y te obliga a recordar quién eras cuando todavía pensabas que el futuro tenía una forma determinada.

​Resulta extraño mirar aquellas anotaciones, aquellas fechas subrayadas con tanta seguridad, confundiendo su verdadero significado por el paso del tiempo. No sabrías decir si aún existe ese lugar al que tantas veces regresaste cuando cerrabas los ojos. Al final era solamente una suma de tardes, una conversación a medio terminar, una taza de café frío en la mesa de un bar donde alguien dijo que volvería y nunca se presentó.

​La memoria tiene esa fea costumbre de ponerle techo a lo que vivimos sin dificultad, de ordenar las cosas para que parezcan más comprensibles de lo que fueron en su momento. Mientras tanto sigues aquí, aprendiendo a caminar con ciertas preguntas sin necesidad de resolverlas todas, porque quizá no tienen respuestas o no te merece la pena conocerlas.

Un plano detalle de las piernas y los pies del mismo hombre, suspendidos a unos centímetros del suelo de madera mojado y reflectante de la misma habitación. Viste los mismos pantalones oscuros y zapatillas. El ventanal con la lluvia y las luces urbanas difusas (con los mismos tonos azul-verdosos) está justo detrás de él, pero su reflejo en el suelo distorsionado crea un efecto surrealista, como si estuviera flotando sobre un abismo de la ciudad.

La importancia de las decisiones pequeñas. 



​Esta tarde, buscando la zapatilla bajo el sofá, has encontrado una moneda sin saber cuánto tiempo llevaba allí. La has dejado sobre la mesa porque tenías que acordarte de guardarla en algún bolsillo, pero después has empezado a escribir y se te ha hecho de noche. Es una tontería, y lo sabes. Una moneda perdida no debería tener ninguna importancia. Pero te ha hecho pensar en todo aquello que dejaste caer sin darte cuenta, que cuando reaparece, ya pertenece a otro momento de tu vida.

​Hay personas que permanecen en alguna parte de esa vida sin saberlo. No porque sigas esperando su regreso, ni porque exista una deuda pendiente, sino porque estuvieron presentes cuando algo cambió dentro de ti. Después se marcharon a sus propias vidas, haciendo otras cosas, aprendiendo otros nombres. Mientras tú, por otro lado, hacías lo mismo.

​La vida no suele pedir permiso para separar los espacios de una casa que antes parecía compartida. Por eso no deberías medir todo lo que venga con la misma regla de lo que ocurrió hace tiempo. Sería otra forma de llegar tarde. Así que mejor equivocarse con los zapatos bien puestos que caminar descalzo, sin saber a dónde y al final te ves volviendo a casa con el barro hasta los tobillos. Prefieres equivocarte, porque lo  has decidido tú, aunque luego tengas que recoger los pedazos.

​Habrá puertas que no se abran, llamadas que nadie conteste, proyectos que quedarán a medias y alguna fotografía que no sabrás dónde guardar. También habrá días que te sorprendan sin haberlos preparado. 

Quizá sea suficiente, o al menos lo parezca.

​Mañana volverás a levantar la persiana. La panadería estará en la misma esquina, alguien discutirá por una plaza de aparcamiento y el autobús pasará con tres minutos de retraso. Y llevarás en el bolsillo aquella moneda que encontraste esa tarde, aunque seguramente terminarás gastándola sin recordar de dónde salió.


Mano de un hombre apoyado en el cristal de la ventana, fuers la ciudad al anochecer, llueve, las gotas de lluvia sr pegan al cristal mientras aguarda la noche

El arte de reinventarse.


​Y será entonces, por una vez, que no intentaré averiguar qué pudo haber sido o por qué. Saldré a la calle con la intención de aclarar los pensamientos que no dejan de estar girando a mi alrededor y veré qué sucede otra mañana más...



​P. D.: A veces, perderse es simplemente la forma que tenemos de olvidar mientras nos volvemos a reinventar.




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