La memoria de las voces imprevistas
El peso indispensable
de los recuerdos
En mi memoria aún conservo el recuerdo de voces que llegaron sin pedir permiso, nombres que ya no sabría colocar en una fecha concreta o con un nombre correcto y que, sin embargo, reconocería por la manera de ordenar una frase, de interpretar un sentimiento o de vislumbrar un presentimiento.
Hay personas que dejan marca sin proponérselo, quizá porque nunca pretendieron enseñar nada; simplemente estuvieron cuando tenían que estar y eso era suficiente.
Durante mucho tiempo pensé que agradecer era recordar, guardar cada gesto en un lugar seguro para no perderlo. Pero la memoria también hace sus trampas y cambia de sitio las cosas o las olvida sin remedio. A veces devuelve una sonrisa donde hubo preocupación, o convierte una discusión absurda en una especie de aprendizaje que seguramente nunca existió, o simplemente lo olvidó.
Tampoco importa demasiado.
Con los años uno aprende a vaciar los bolsillos, a quedarse solo con lo indispensable. Al fin y al cabo, la vida está hecha de errores que, a fuerza de caminar, han aprendido a justificarse por sí mismos.
He conocido manos que escribían deprisa, otras que apenas encontraban las palabras; personas capaces de llenar páginas y quedarse sin argumentos cuando llegaba el momento de mirarse por dentro, terminando por enseñarnos a habitar nuestra propia sombra.
Conversaciones suspendidas
en el tiempo
Algunas conversaciones quedaron suspendidas en alguna parte de aquellos días, como si alguien hubiese cerrado una sesión sin despedirse. Todavía me pregunto qué habría sucedido de continuar aquella charla durante una hora más, aunque sé que algunas preguntas pierden el sentido cuando dejan de ser necesarias.
No siempre fui justo con quienes estuvieron cerca. También puse etiquetas donde solo había cansancio, interpreté ausencias como desprecios y confundí ciertas distancias con una forma de rechazo: errores de los que uno solo se duele al mirar atrás.
Aprender, se aprende de las caídas, como la de aquel viejo eucalipto del patio del colegio, cuando, suspendido de sus ramas, imitaba al hombre de la selva, hasta que una rama rota me devolvía al suelo. Me habría gustado disponer entonces de la paciencia que ahora utilizo para comprender las consecuencias, pero nadie puede regresar con las herramientas que todavía no había aprendido a fabricar.
Rebuscando entre mis papeles aparecen nombres escritos de cualquier manera, teléfonos que ya no corresponden a nadie y alguna frase que en su momento parecía imprescindible. Una de ellas está subrayada tres veces, pero no recuerdo por qué. Debajo hay una fecha equivocada y una mancha de tinta azul que nunca intenté borrar. Me hace gracia encontrarla ahí, tan convencida de su importancia; después de tanto tiempo permanece inalterable.
La arquitectura de
la amistad y el olvido
Tal vez la amistad también consista en aceptar esas pequeñas deformaciones, saber que cada persona conserva una versión diferente de lo compartido y que ninguna tiene por qué ser la verdadera. Hemos sido espectadores y protagonistas al mismo tiempo de historias que después cada uno cuenta de una manera, según el lugar de la memoria desde donde las recordemos.
Por eso sigo escribiendo: no para recuperar lo perdido ni para convencer a nadie de mis razones, que son mías y que, aunque tampoco sean las mejores, sí sirven para dejar constancia de que alguna vez estuvimos ahí, intercambiando palabras sin saber demasiado bien hasta dónde podían llegar, regalándonos una parte de nosotros sin contrato, sin garantías y algunas veces sin siquiera conocernos el rostro.
Eso fue suficiente para continuar creyendo que todavía quedan encuentros capaces de cambiar el rumbo de un pensamiento, aunque después nadie sepa explicar exactamente cuándo y cómo ocurrió.



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