Hay una luz que no pertenece a los ojos, sino a la memoria que se niega a envejecer.
Al encender este fuego, no solo se disipan las sombras del frío invierno, sino que se invoca al niño que aún corre descalzo por el pasillo, buscando el rastro de lo imposible.
Es la magia de reconocer que, aunque hoy el espejo me devuelva un rostro distinto, el corazón sigue latiendo con las mismas ganas de quien espera un milagro al alba.
Cuidar y alimentar la ilusión no es un juego de niños; es la resistencia más pura: la de creer que, mientras mantengamos vivo el asombro, siempre habrá un motivo para sonreír antes de que salga el sol.

