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26 marzo 2026

REFLEXIONES SOBRE EL TIEMPO, LA MEMORIA Y LA SOLEDAD

 



Hombre reflexivo con capucha mirando la lluvia a través de la ventana de un autobús en Madrid, Gran Vía al atardecer. Reflexiones sobre la soledad urbana.


Es curioso cómo la memoria se pierde en un callejón sin salida cuando buscamos algo de esperanza. Me reconozco en esa desidia, en esa pelea perdida de antemano contra las agujas que no sabremos nunca cómo parar.

Escribir sobre el tiempo es, al final, la única forma que tenemos de intentar detenerlo, aunque sepamos que la tinta acabará secándose y el reloj seguirá dando vueltas sin importarle nada más.

Me sobran los motivos para desconfiar de los calendarios, crueles y silenciosos que se llevan los besos que no di y los «te quiero» que se quedaron en la garganta, tal vez por orgullo o por simple desazón.

Camino por las calles recorridas una y mil veces. Entre pantallas que tratan de brillar más que los neones de la ciudad y ese ruido constante que intenta tapar el vacío. Admito que la ausencia es puro dolor, colándose por las costuras del corazón, recordando que cada pérdida es un peso muerto en el bolsillo.

Se aprende a convivir con el fantasma de aquello que pudo ser y no fue, a mirar las manos vacías, no como una derrota, sino como la necesidad de alcanzar algo más, al fin y al cabo solo quien ha tenido la posibilidad de respirar entiende el precio de haber estado vivo.

Esta lucha interior no es más que un baile mal ejecutado, con la soledad a cuestas, donde las tazas de café frío amontonadas en el fregadero son monumentos a las charlas que ya no tendremos.

Me rebelo contra la idea de que olvidar es un síntoma evidente de estar haciéndome mayor, prefiero la herida abierta que me mantiene despierto, ese rastro de ceniza que confirma que hubo fuego.


Primer plano de pies con zapatillas desgastadas en una calle mojada de Madrid, cerca de un cartel del Metro Gran Vía. Caminando por la ciudad con nostalgia.


Al final, cuando el sol se ponga tras los edificios de cristal y el asfalto exhale el calor de un día que ya es historia, me daré cuenta que mi único patrimonio serán esos giros inconfesados, el sentir de los que ya no están, grabados a fuego en un alma que, aunque con el corazón alborotado y maltrecho, se niega a cerrar los ojos ante el último envite del destino.

Sin embargo, me descubro negociando con el frío en los portales, buscando en el fondo de un café aguado el rastro de los que ya no contestan al teléfono. El tiempo no entiende de nostalgias, te cobra el interés en ojeras y silencios marcados en surcos de plomo sobre la piel, macerando los entresijos del pensamiento.

Miro mis manos, estas que hoy no llegan a sostener ni la mitad de lo que algún día pudieron, y entiendo que la lucha no es contra el reloj, sino contra el olvido que se filtra por las grietas de la rutina.

Me duele el pecho de tanto espacio vacío, de tanta ausencia que se vuelve inquilina fija en este apartamento de techos bajos y recuerdos altos, donde el futuro parece un anuncio publicitario en el que ya no puedo creer.

No dejo de maldecir la precisión de las horas que no perdonan el desorden de mis deseos, ese golpeteo de la persiana sobre el cristal. Sigo aquí, a mitad de camino entre el suelo y el cielo, masticando la rabia de saber que la belleza es un relámpago y el resto, humo que se desvanece tras la explosión.

Mucho me temo que escribiré mi queja en los muros desconchados de esta ciudad que corre sin saber a dónde llegar. Dejaré mi firma en el aire antes de que el viento la barra porque, aunque el tiempo gane siempre la partida, hoy me permito el lujo de llevarle la contraria, de quedarme un rato más, girando a mi alrededor, en el umbral de lo que fui, despeinado y terco, antes de que la noche decida que ya es hora de recoger y apagarlo todo.

Taza de café vacía y sucia sobre una mesa de madera en una cafetería de Madrid mirando a Gran Vía. Simbolismo de la ausencia y la soledad.

  • P.D. Sigo aquí, despeinado y terco, girando a mi alrededor hasta que el tiempo me alcance...