Es curioso cómo la memoria se pierde en un callejón sin
salida cuando buscamos algo de esperanza. Me reconozco en esa desidia, en esa
pelea perdida de antemano contra las agujas que no sabremos nunca cómo parar.
Escribir sobre el tiempo es, al final, la única forma que
tenemos de intentar detenerlo, aunque sepamos que la tinta acabará secándose y
el reloj seguirá dando vueltas sin importarle nada más.
Me sobran los motivos para desconfiar de los calendarios,
crueles y silenciosos que se llevan los besos que no di y los «te quiero» que
se quedaron en la garganta, tal vez por orgullo o por simple desazón.
Camino por las calles recorridas una y mil veces. Entre
pantallas que tratan de brillar más que los neones de la ciudad y ese ruido
constante que intenta tapar el vacío. Admito que la ausencia es puro dolor,
colándose por las costuras del corazón, recordando que cada pérdida es un peso
muerto en el bolsillo.
Se aprende a convivir con el fantasma de aquello que pudo ser y no fue, a mirar las manos vacías, no como una derrota, sino como la necesidad de alcanzar algo más, al fin y al cabo solo quien ha tenido la posibilidad de respirar entiende el precio de haber estado vivo.
Esta lucha interior no es más que un baile mal ejecutado,
con la soledad a cuestas, donde las tazas de café frío amontonadas en el
fregadero son monumentos a las charlas que ya no tendremos.
Me rebelo contra la idea de que olvidar es un síntoma
evidente de estar haciéndome mayor, prefiero la herida abierta que me mantiene
despierto, ese rastro de ceniza que confirma que hubo fuego.
Al final, cuando el sol se ponga tras los edificios de
cristal y el asfalto exhale el calor de un día que ya es historia, me daré
cuenta que mi único patrimonio serán esos giros inconfesados, el sentir de los
que ya no están, grabados a fuego en un alma que, aunque con el corazón
alborotado y maltrecho, se niega a cerrar los ojos ante el último envite del
destino.
Sin embargo, me descubro negociando con el frío en los
portales, buscando en el fondo de un café aguado el rastro de los que ya no
contestan al teléfono. El tiempo no entiende de nostalgias, te cobra el interés
en ojeras y silencios marcados en surcos de plomo sobre la piel, macerando los
entresijos del pensamiento.
Miro mis manos, estas que hoy no llegan a sostener ni la
mitad de lo que algún día pudieron, y entiendo que la lucha no es contra el
reloj, sino contra el olvido que se filtra por las grietas de la rutina.
Me duele el pecho de tanto espacio vacío, de tanta ausencia
que se vuelve inquilina fija en este apartamento de techos bajos y recuerdos
altos, donde el futuro parece un anuncio publicitario en el que ya no puedo
creer.
No dejo de maldecir la precisión de las horas que no
perdonan el desorden de mis deseos, ese golpeteo de la persiana sobre el
cristal. Sigo aquí, a mitad de camino entre el suelo y el cielo, masticando la
rabia de saber que la belleza es un relámpago y el resto, humo que se desvanece
tras la explosión.
Mucho me temo que escribiré mi queja en los muros desconchados de esta ciudad que corre sin saber a dónde llegar. Dejaré mi firma en el aire antes de que el viento la barra porque, aunque el tiempo gane siempre la partida, hoy me permito el lujo de llevarle la contraria, de quedarme un rato más, girando a mi alrededor, en el umbral de lo que fui, despeinado y terco, antes de que la noche decida que ya es hora de recoger y apagarlo todo.
- P.D. Sigo aquí, despeinado y terco, girando a mi alrededor hasta que el tiempo me alcance...


