20 junio 2026

EL POLVO DOLORIDO DE LAS AUSENCIAS

 

Hombre mirando el interior de una nevera vacía por la noche en una cocina oscura.


Aprendiendo a existir en la soledad cotidiana. 


​Acostumbra a dejarse la luz del baño encendida; es una forma como otra cualquiera de sentirse acompañado al regresar a casa. Siempre llega tarde. Arrastra los zapatos por el pasillo como un hombre cansado tras cargar bolsas ajenas del supermercado.

​En el comedor, todo sigue como lo dejó. Mira la mesa: el cenicero guarda, olvidadas, dos colillas viejas y una moneda pegada por la cerveza seca. Piensa en su foto, que sigue torcida junto al reloj sin pila en el mueble del comedor. Nadie se atreve a corregir algo allá dentro. Todo se quedó anclado en el tiempo en el que aún disfrutaba de su compañía. Mantener su recuerdo intacto le hacía sentirse mejor.

​A veces abre la nevera por el simple placer de escuchar ruido, inmerso en esa soledad absurda que le acompaña todos los días. Ni hambre trae encima. Agarra una lata de cerveza, lee los ingredientes y vuelve a dejarla. Pierde el tiempo con idioteces como esas; reírse de uno mismo siempre le reportó beneficios. Una noche pasó media hora mirando una cuchara doblada. Sí, cualquiera se reiría. Antes se reía por tonterías pequeñas: por la forma rara en la que pronunciaba «dentífrico», por aquel ventilador sucio apuntando al techo en pleno invierno o por aquellas bromas que se profesaban mutuamente.





Primer plano de un hombre sentado en el baño mirando un móvil con la pantalla rota.

Sobrevivir a los días vacíos. 



​Ahora habla con los enchufes. Discute con las lámparas. Mira fijamente a la ventana del edificio de enfrente, donde el mismo anciano de todas las noches fuma incansable en calzoncillos a las tres de la mañana. La vida sigue sin echar el freno y eso jode, por mucho que trate de impedirlo.

​El huérfano de palabras, como lo llamaba ella, intentó borrarla del móvil, pero falló. Terminó sentado sobre la tapa del váter, con la pantalla agrietada entre las manos y los ojos llenos de rabia seca. Ni lágrimas le salieron. Su cabeza no dejaba de discutir entre susurros y el cuerpo aprendía trucos miserables para seguir existiendo sin ningún tipo de ayuda.

​Para él, la otra persona no dejaba de aparecer en sitios absurdos: dentro de una taza mal fregada, en el olor metálico del ascensor, en una bolsa con mandarinas olvidadas detrás del asiento del coche. Él quisiera arrancarla de su vida igual que arrancó aquel papel pegado bajo la mesa del bar. Las uñas terminaron negras aquel día y lo peor es que no consiguió desprenderlo del todo.

​No existe el amor eterno, tampoco los discursos aprendidos. La carne cambia de parecer. Los sentidos se entrecruzan sin previo aviso. La memoria traiciona. Los versos se repiten. La gente suelta promesas como quien reparte folletos cerca del metro.

​Él tampoco resultó inocente en aquel juicio premeditado. Por eso cargaba a sus espaldas la culpa que lo consumía, unas veces más que otras. Recuerda que calló asuntos feos. Rompió cosas por orgullo. Sacó la basura antes de tiempo. Una tarde, sin ir más lejos, lanzó el cepillo dental ajeno por la ventana y luego bajó once pisos para recuperarlo bajo la lluvia. Un vecino lo miró raro, bastante raro. Normal; no cabría esperar otra reacción.

​Desde entonces guarda la calma en los bolsillos, igual que otros guardan las llaves. A ratos funciona; otros, duelen. Sobre todo cuando acaba hablando con la otra persona frente al espejo empañado. Da vergüenza admitir eso, pero más vergüenza da fingir fortaleza mientras tiembla la mandíbula y el vaho desaparece, demostrándole que no está detrás, solo en sus pensamientos.

​La ciudad sigue llena de parejas compartiendo la respiración. Sonrisas espontáneas y otras que no lo son tanto. Gente doblando camisetas en lavanderías abiertas las veinticuatro horas. Motos pisando charcos. Ninguna tragedia detiene el tráfico.

​Y aun así él continúa. Lavando platos. Tendiendo la ropa. Aprende recetas rápidas y baratas en redes sociales. Respira hondo antes de dormir. Ya no rompe puertas. Ya no marca el número de la otra persona desde teléfonos prestados. Algo cambió ahí dentro, aunque nadie entregue medallas por sobrevivir a días o semanas vacías.

​Si la otra persona vuelve, encontrará menos ruido, pero también más polvo en las estanterías. Encontrará los restos de las batallas perdidas y el polvo dolorido que proporcionan las ausencias. Si no vuelve, él encontrará otra forma de sentarse frente al mundo sin partirse la boca contra cada recuerdo, sin desayunar las lágrimas derramadas por la silla vacía, y dejará con el tiempo de guardarle su tazón de los desayunos.



Viéndome reflejado en el cristal de la ventana.


​Viéndome reflejado en el cristal de la ventana, tocado y hundido por tu ausencia, reconozco que por ti vivo, que por ti sueño. Que, aun lejos de ti, no dejo de pensarte ni de reconstruir tu sombra en cada esquina, oyendo tu risa por doquier y viendo cómo tu imagen no deja de estar girando a mi alrededor. Y en esta maldita soledad, aún pesas más.




P.D.: El olvido es solo un inquilino más que no acierta a saber cuándo marcharse...













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