Cuando la noche se hace eterna: reflexiones sobre la soledad y los errores del pasado.
Cierras la tapa del portátil. El silencio de la habitación te golpea en la cara como si fuera un guante mojado. Te miras las manos con esos diez dedos que acaban de vomitar tus vaivenes existenciales sobre el plástico negro del teclado, en un intento de sanar tus heridas interiores. Te preguntas si el tipo reflejado en la pantalla apagada te reconocerá mañana. Te devuelve un contorno borroso, una sombra que parpadea con la luz que entra por la rendija de la persiana.
Sales a la terraza buscando aire puro, pero la ciudad te regala su aliento cargado de excesos. Miras abajo. La poca gente que camina de noche lo hace deprisa y pegada a sus teléfonos, esquivando charcos y miradas, atrapados en su propia dosis de normalidad programada. Ellos te ven como el bicho raro: el tipo que se queda estancado en el semáforo pensando en el peso de los recuerdos mientras el resto avanza. Tienen razón. Estás loco, pero tu locura tiene el tamaño exacto de todas esas cicatrices que has ido sumando a tu maltrecha existencia.
Te muerdes el labio inferior hasta sentir el sabor metálico del dolor. Es tu forma de recordarte que estás vivo, que la sangre corre y que las decisiones duelen en el estómago, no en la cabeza. Piensas en ella. Piensas en la última discusión, en los platos rotos que ninguno de los dos recogió y en el frío que dejó su ropa cuando desapareció del armario. El amor, cuando se va, deja ese vacío difícil de llenar con expectativas; un hueco en el colchón que ninguna teoría sobre la mente logra colmar. Te toca gestionar su ausencia con las manos desnudas y el corazón que no termina de desangrarse.
Das un paso atrás y entras de nuevo en la habitación. El suelo se siente helado bajo tus pies descalzos. No existen mapas para salir de uno mismo o, al menos, no los encontraste. Te sientas en el borde de la cama, apoyas los codos en las rodillas y dejas caer la cabeza, cansado pero sin poder conciliar el sueño. Mañana volvera a ser un día cualquiera más el resultado de los errores que cometas esta noche. Te toca elegir si sigues huyendo de los fantasmas o si los invitas a cenar para terminar la batalla, aunque estés en desigualdad de condiciones.
Pero bueno, terminas por ponerte las zapatillas sin atar los cordones. El roce de la lona gastada contra tus talones te devuelve al suelo, a la losa fría del pasillo. Abres la nevera buscando algo que calme tu ansiedad, pero la luz blanca te devuelve el vacío de tres latas de cerveza caducadas y medio limón seco. La desconectas del enchufe para apagar el zumbido constante que se parece al ruido de tu cabeza. En el fondo de tu pecho sabes que el hambre no se quita con comida, sino cerrando las heridas que siguen abiertas por simple orgullo.
Caminas hasta la ventana del salón y apoyas la frente contra el cristal. El frío del vidrio te congela las cejas mientras observas al vecino de enfrente, un anciano que fuma en calzoncillos mirando a la nada, compartiendo tu misma tregua con el insomnio. Te dan ganas de gritarle, de preguntarle si el paso de los años desgasta la culpa o si te acostumbras a vivir con el peso de los trenes que dejaste pasar. Decides callar porque los hombres de verdad no buscan respuestas en boca ajena; se hunden en su propio lodo hasta encontrar el fondo donde poder impulsarse, o al menos eso es lo que aprendiste de tus mayores.
Aprendiendo a convivir con los fantasmas del presente.
Saco el teléfono del bolsillo del pantalón, que me devuelve a mis propios pensamientos, y busco su nombre en la agenda. El dedo me tiembla sobre la pantalla táctil, a un milímetro de cometer el error de llamarla a las tres de la madrugada para decirle que la echo de menos. Borro el número de la memoria del móvil, pero el grabado que dejó en mis entrañas se queda intacto, doliendo con cada latido. Me doy la vuelta, dejo el móvil sobre la mesa de la cocina y decido que mi próxima decisión será aprender a dormir con el lado contrario de la cama totalmente vacío..
P.D.: Si esta noche también te encuentras mirando al vacío, recuerda que no eres el único bicho raro de la ciudad. A veces, compartir el peso de aquello que cargamos es la única forma de soltarlo.
Si te spetece puedes compartir eso que no te deja dormir...



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