20 octubre 2013

PARA DESAYUNAR

     



A la misma hora de un día cualquiera, cuando el sol aún se está pensando si despertar o no, realizo movimientos autómatas, calculados y milimetrados en décimas de segundo. Es evidente que el ritmo no pierde compás alguno y la coreografía se cumple a rajatabla; no hay tiempo para la improvisación. Cada gesto o acción corresponde a la misma reacción: el despertar a un nuevo día.

​Es entonces cuando todo a mi alrededor cobra vida en la función. La taza recibe la leche, que alborotada conjuga pompas de emoción, mientras el microondas la acoge con satisfacción, aprovechando la oportunidad de proporcionarle un buen calentón.

​Mientras tanto, el cuchillo travieso juega con las rebanadas de pan que, tostaditas y crujientes, inventarán como siempre un nuevo salto mortal hacia delante o hacia atrás. La mantequilla resbaladiza no está dispuesta a dejarse coger, mientras el azúcar mareada no deja de dar vueltas en la taza por culpa de una cucharilla loca de atar. Esta trata de convencerla, como cada día, de hacer de Celestina entre la leche y la negrura del café.

​El zumo de naranja, expectante, espera el momento de atajar la cuestión a fin de dar por finalizada la discusión. La tostadita caliente, por fin, domina la situación y la mantequilla acaba rindiendo honores a su calor. No puedo por menos que pensar, esbozando una sonrisa, qué atajo de chiflados se junta en mi mesa para desayunar...



P. D.: Habría que dosificar las prisas del día a día que nos impiden imaginar cómo reaccionarían las pequeñas cosas a nuestro alrededor.





2 comentarios:

  1. Excelente radiografía de un desayuno con prisas.
    Con qué facilidad has dotado de vida cada pieza o elemento de esta cotidiana escena.

    Besos.

    ResponderEliminar