Me gusta perderme en los laberintos orquestados, en los sueños acompasados, en el palpitar de un corazón que extraña la luz de los momentos pasados.
En aquel entonces, merodear el epicentro de la gravedad no era sino ambicionar el paso del tiempo, que resultaba demasiado lento ante la interminable grandeza de todo aquello que giraba a mi alrededor. Era una mirada generosa, una mirada expectante y, cómo no, esa mirada ansiosa, queriendo volar más allá de sus premisas.
Buscaba alcanzar antes que los demás algún lugar donde representar sus anhelos y llegar a todos cual conquistador de sueños, en pos de encontrar las quimeras dibujadas en paisajes risueños, sobrevolados por aviones de papel y por generosos encuadres donde no dejaba de dar vueltas.
Era como un carrusel esperando llegar a la meta sin principio ni final; como la meta de crecer sin esperar a recorrer el camino habitual...
P. D.: De pequeño… todo es tan grande…
Podría haberlo escrito yo...
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