Un viaje al centro de la quietud en mi jardín de sueños.
Observo cómo el silencio se viste de oscuro terciopelo. Es densa y profunda la quietud que esta girando a mi alrededor, sosteniendo esta suspensión del espíritu: esencia líquida que navega entre sombras alargadas que envuelven y serenan el espacio. El pulso late pausado; el aliento apenas llena los pulmones.
Poco importa el estruendo del ruido lejano, pues apenas altera el latido. Nada ni nadie interrumpe la vigilia y nadie encuentra la salida de este jardín donde habito, refugio de sueños matizados por destellos y vacíos constantes.
Un refugio en el jardín de la quietud del pensamiento
Transitar el instante no presupone necesariamente el movimiento, decidido o errante, permanece la quietud del pensamiento. Me siento parte de la tierra somnolienta, permitiendo que el reloj me alcance y venza cada latido en la profundidad de mi propia existencia.
Evocando el enjambre de dudas y sueños que pretendo exiliar tras la frontera invisible que mis manos anhelan rozar, entre el negro y el azul del vacío, se halla el equipaje destinado a bordear el límite frente a mi propia existencia.
La frontera invisible entre el destino y la quimera
Levitando en mi centro vibran las voces mudas: levedad del reflejo en la nada. Son sueños tejidos con la trama que consume el desvelo cuando, de tanto buscar lo inalcanzable, me transformo en la frágil quimera que quiebra mis versos...



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