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Mostrando entradas de agosto, 2026

¿Dónde merece la pena quedarse?

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  Donde el silencio se vuelve habitable. Que mis sentidos se queden sin oficio ni beneficio si han de calibrar lo que ocurre cuando tu nombre no deja de estar girando a mi alrededor, en cada rincón de mis pensamientos. Quiero esa forma tuya de hacer habitable el silencio, de llenar la casa con tu respiración, como si el aire también supiera que hay lugares donde merece la pena quedarse sin prisas. No me sirven las promesas que se pronuncian de carrerilla. Prefiero gestos pequeños y sencillos, como una sonrisa que llegue sin anunciarse, con la certeza de saberte al otro lado. Elijo la calma que dejan tus dedos sobre mis dudas, esa manera de desordenarme sin hacer ruido, como quien abre una ventana para que el sol entre a sus anchas, sin pedir permiso a nadie. No busco un cielo perfecto ni una bonita historia escrita para quienes nunca se equivocan. Me basta con el latido que aprende de tus pasos, con las tardes que envejecen despacio mientras el mundo insiste en correr hacia ninguna...

El valor de los pequeños gestos y el silencio

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​ El refugio de la costumbre y la paz de la mesa compartida. Ignoro si a veces me empeño en convencerme de lo contrario, pero no me hagas demasiado caso. A veces me pierdo. Ya sabes cómo soy cuando el miedo se pone serio y empieza a hablar por mi boca. Tiene argumentos, incluso modales, pero nunca se queda a recoger el desastre que deja cuando se marcha. ​Disfruto como un niño chico con esa manera tuya de desordenar el aire al entrar en una habitación, como si las cosas recordaran de pronto el lugar que les corresponde. Hasta las sillas parecen cansarse menos cuando te sientas. ​Yo, en cambio, llevo años mudándome de un lugar a otro sin encontrar una casa que no termine oliendo a tu ausencia. Mi rostro se ilumina por la mañana cuando todo parece sencillo. Demasiado. Pongo café para dos aunque la lógica me mire con esa cara de funcionario que tienen las certezas. Después me río solo. Suelo hacerlo. Qué remedio. Al final hasta la costumbre aprende a fingir que no espera a nadie. El le...

Certezas difíciles de sostener

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La penumbra de lo que damos por sentado Las certezas son criaturas invisibles ; no se pueden tocar, ni medir, ni guardar en un cajón para cuando nos hagan falta. Son intangibles. No tienen peso ni volumen, pero pesan como si estuvieran hechas de plomo. Y, aun así, nos empeñamos en discutirlas como si pudieran dejarse encima de una mesa, junto a unas llaves o una taza de café olvidada desde la mañana. ¡Qué ironía! Basta que alguien levante un poco la voz para que otro responda convencido de haber encontrado el lugar exacto donde empieza la razón. Es curioso. Casi enternecedor. O desesperante, depende del día. Recuerdo una sobremesa cualquiera —ni siquiera era una fecha importante— en la que cuatro personas defendían cuatro certezas incompatibles, mientras el reloj de la cocina seguía avanzando con esa indiferencia que tienen los relojes hacia nuestras pequeñas guerras. Al final, nadie convenció a nadie . Solo hubo platos que recoger y un silencio bastante más sincero que todo lo que se ...