LLEGASTE
Llegaste a mi vida como quien no quiere llegar a nada. Mostraste interés por mis lágrimas, esas que caían por mis mejillas a través del tiempo y el vacío. Todo contribuyó a que te contara mis penas, teñidas con pinturas del color de la alegría, aunque estuvieran enmarañadas, desencantadas o emborronadas. Pero llegaste y me llenaste de buenas palabras, de buenas intenciones. Fue entonces cuando me subiste al caballo de tus sueños, instaurando en mí lo mejor de las mañanas. Ahora, cuando me recreo en tus miradas o comparto el umbral de las sábanas enamoradas, comprendo que llegaste como quien no quiere nada; y, de pronto, ese «todo» se convierte en aquello que nos enamora de la parte contraria, en lo único que necesitamos para continuar. PD: Es bueno, de vez en cuando, agradecer cuánto de hermoso tenemos a nuestro alrededor.