MIRÁNDOME EN EL ESPEJO
Hay veces que, mirándome en el espejo, no reconozco al tipo que me devuelve la mirada. Reconozco en él las ojeras del tiempo, como sombras permanentes, los labios partidos de morderme las palabras, el gesto torcido de quien ha aprendido, a fuerza de golpes, a tragar decepciones sin hacer muecas. Hay días en los que camino sin rumbo, pateando colillas quemadas por el tiempo y viajando en sueños rotos de tanto usarlos, sintiendo que la ciudad mordisquea mi existencia y me escupe a la vuelta de cada esquina. Y ahí sigo, pateando calles que se hacen recuerdos, con los bolsillos llenos de silencios, con la espalda que poco a poco se arquea bajo el peso de memorias sin nombres ni apellidos, de historias que nunca pidieron ser parte de mi equipaje. El amor me pasó como un tren sin frenos, como esos que no paran aunque agites los brazos en la estación equivocada. Y aunque siempre fui de subir tarde a los vagones, me quedé viendo cómo se iba,...