Hay veces que, mirándome en el espejo, no reconozco al tipo
que me devuelve la mirada.
Reconozco en él las ojeras del tiempo, como sombras
permanentes, los labios partidos de morderme las palabras, el gesto torcido de
quien ha aprendido, a fuerza de golpes, a tragar decepciones sin hacer muecas.
Hay días en los que camino sin rumbo, pateando colillas
quemadas por el tiempo y viajando en sueños rotos de tanto usarlos, sintiendo
que la ciudad mordisquea mi existencia y me escupe a la vuelta de cada esquina.
Y ahí sigo, pateando calles que se hacen recuerdos, con los
bolsillos llenos de silencios, con la espalda que poco a poco se arquea bajo el
peso de memorias sin nombres ni apellidos, de historias que nunca pidieron ser
parte de mi equipaje.
El amor me pasó como un tren sin frenos, como esos que no
paran aunque agites los brazos en la estación equivocada.
Y aunque siempre fui de subir tarde a los vagones, me quedé
viendo cómo se iba, dejando un eco de risas y promesas oxidadas en los raíles.
Qué ironía, ¿no? Tanto aprender a querer para acabar solo,
recogiendo las sobras de lo que fuimos, haciendo inventario de los
"quizás" y los "ojalá".
A veces me duele el pecho, pero no es el corazón. Es el peso
de los días, la losa de la rutina, la condena de los que sienten demasiado y
entienden muy poco.
Porque el mundo sigue girando a mi alrededor, aunque me
quede quieto, aunque quiera bajarme, aunque grite que ya no puedo más.
Y en el fondo, reconozco, con el paso de los años, que nadie
va a detenerse a preguntar si sigo en pie o si me he convertido en otra silueta
fundida en las sombras.
Pero aquí sigo. Así es la historia de los que todavía
esperamos algo, aunque no sepamos muy bien qué.
Quizás me sobrevenga un golpe de suerte. Quizás tarareando
alguna canción haga que todo duela un poco menos. O quizás, solo quizás, una
palmadita en la espalda de alguien que no pida nada a cambio.
Porque la vida sigue, aunque a veces se sienta como un
cuchillo sin filo que raspa el alma sin llegar a cortarla del todo.
Y aquí estoy, escribiendo esto como quien deja un mensaje en
el contestador, sin saber si alguien llegará al final de la locución, sin saber
si alguien me devolverá la llamada… o si el silencio seguirá insistiendo como
única respuesta.
Pd:
Si llegaste hasta aquí,
tal vez entiendas de qué hablo.
O tal vez solo seas
otr@ pasajer@
más,
mirando por la ventana,
dejando la vida pasar.
En cualquier caso,
gracias por leer
estos susurros.
A veces, solo con eso,
los ruidos pesan
menos...