Me dejo llevar por el teclado, una vez más. No hay ningún lugar a donde llegar; tan solo estoy dejándome llevar. Cuando escribo por escribir, se revuelcan mis dedos por las teclas en cuestión de segundos, sin pensar, sin controlar, sin rimar.
No se dan apenas cuenta de cómo se van orquestando las palabras, que ruedan a placer por la necesidad de expresar. No existen medidas, tampoco se orientan las palabras: solo es cuestión de dejarse llevar.
Quizás —no lo sé—, al final igual no hay nada que decir o, tal vez, todo está por contar. Lo importante es descubrir pasadizos secretos hacia la libertad de saberse volar sin tener que llorar.
Demasiadas rimas están saliendo, demasiadas circunstancias que conducen al mismo lugar: la de una lírica que no buscaba por creerme acreedor de un instante fugaz. Sigo sin saber a dónde he de llegar, sigo dejándome llevar y llego, sin querer, al final.
No es cuestión de terminar, más bien de dejar reposar esa turbulencia que apenas me deja descansar. Cuando me dejo llevar y escribo por escribir, se convierte en una realidad.
P.D.:
Sigue siendo un buen ejercicio dejarse llevar y descubrir, en el intento, aquello que no creíamos posible…