Un año más, los destellos de colores revolotean al anochecer entre vuelos de ausencias que seguirán cabalgando a nuestro lado. Son anhelos depositados en pequeños renglones del ayer, a ras del suelo, por si acaso el vuelo se vuelve inanimado.
Mientras el tintineo de los cascabeles de la niñez suena por doquier, un año más los buenos deseos vuelven a florecer. Con los bolsillos llenos y los brazos de par en par, seguiremos resucitando el rítmico vaivén de la esperanza sin desfallecer.
Es una travesía hacia el infinito, ganando batallas, conquistando alegorías y recorriendo la algarabía de no dejar de creer que una sonrisa bien merece la pena; una y mil veces, sin tener que esperar a que sea Navidad.
P.D.:
Feliz Navidad…
una Navidad imperecedera,
para que todos los días
la Navidad siga empapándonos
de alegría.

