PARA DESAYUNAR
A la misma hora de un día cualquiera, cuando el sol aún se está pensando si despertar o no, realizo movimientos autómatas, calculados y milimetrados en décimas de segundo. Es evidente que el ritmo no pierde compás alguno y la coreografía se cumple a rajatabla; no hay tiempo para la improvisación. Cada gesto o acción corresponde a la misma reacción: el despertar a un nuevo día. Es entonces cuando todo a mi alrededor cobra vida en la función. La taza recibe la leche, que alborotada conjuga pompas de emoción, mientras el microondas la acoge con satisfacción, aprovechando la oportunidad de proporcionarle un buen calentón. Mientras tanto, el cuchillo travieso juega con las rebanadas de pan que, tostaditas y crujientes, inventarán como siempre un nuevo salto mortal hacia delante o hacia atrás. La mantequilla resbaladiza no está dispuesta a dejarse coger, mientras el azúcar mareada no deja de dar vueltas en la taza por culpa de una cucharilla loca de...