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EL POLVO DOLORIDO DE LAS AUSENCIAS

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  Aprendiendo a existir en la soledad cotidiana.  ​Acostumbra a dejarse la luz del baño encendida; es una forma como otra cualquiera de sentirse acompañado al regresar a casa. Siempre llega tarde. Arrastra los zapatos por el pasillo como un hombre cansado tras cargar bolsas ajenas del supermercado. ​En el comedor, todo sigue como lo dejó. Mira la mesa: el cenicero guarda, olvidadas, dos colillas viejas y una moneda pegada por la cerveza seca. Piensa en su foto, que sigue torcida junto al reloj sin pila en el mueble del comedor. Nadie se atreve a corregir algo allá dentro. Todo se quedó anclado en el tiempo en el que aún disfrutaba de su compañía. Mantener su recuerdo intacto le hacía sentirse mejor. ​A veces abre la nevera por el simple placer de escuchar ruido, inmerso en esa soledad absurda que le acompaña todos los días. Ni hambre trae encima. Agarra una lata de cerveza, lee los ingredientes y vuelve a dejarla. Pierde el tiempo con idioteces como esas; reírse de uno mismo s...

A MERCED DEL VIENTO

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En completa desigualdad de palabras y hechos, me encuentro desnudo, absorto por la situación, calibrando la tensión y sopesando la disfunción. ​Mucho me temo que, agotada la emoción, el tiempo pone a cada cual en su rincón —con pedestal o sin él—, a merced del viento; allí donde la luz acaricia la redención, girando a mi alrededor. ​Frente a la vida, frente al mundo, en perfecta comunión, pierdo el control de preguntas que no admiten respuestas ante la desesperación. No, la verdad no es el horror; los sueños marcan la solución... ​ P. D.: No basta con desear, hay que perseguir los sueños hasta el final. Solo así puedes hacerlos realidad...

DUELE EL DOLOR

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Duele la sombra escarchada. La inocuidad es solo fachada cuando sonríe, cuando se escuda tras la máscara mostrada a los demás, escondiendo las uñas afiladas del más duro metal. Alimenta el dolor a su antojo al manejar los hilos de la conciencia ajena. ​Duele el dolor enquistado, la savia negra escudriñando la debilidad endiablada; un ataque directo a la yugular con el que dejar herida, vacía de sueños y moribunda de alegría la vida y su cantar. ​Duele la sombra inmaculada, el terror de su avalancha cuando, agazapada bajo las sombras, inmortaliza el verbo «dañar» a costa de engañar a los demás. Lúgubre esquizofrenia del mal. ​No hay salida... o sí. Tela de araña girando a mi alrededor que habrá que rasgar para poder escapar. O no... ​ P. D. Existen múltiples formas de acosar a los demás...