Mañana volveremos a poner cada cosa en su sitio.

 

Mujer durmiendo tranquilamente en una cama con sábanas de rayas bajo una luz natural suave.

La prudencia absurda de quien aprende a desconfiar.

De nuevo siento ese instante extraño en el que ninguno de los dos reconoce haber dado el primer paso. Tal vez tu mano o la mía buscara la contraria sin demasiada intención, como quien comprueba con los ojos cerrados si todavía queda calor al otro lado de la cama. Pero no quiero hablar de esas pequeñas cosas que sirven para rellenar poemas cuando no se sabe qué decir.

​Prefiero quedarme con tu respiración mientras duermes a mi lado, con ese pequeño cambio que hace el aire cuando nos acercamos demasiado.

​Hay una parte de mí que todavía desconfía de la felicidad y se preocupa por la letra pequeña que aparece después de firmar. Aun así, quisiera olvidarme de ello porque me gusta mirarte cuando te arreglas el pelo.

​Me pasa solo contigo; no solo cuando te peinas, te duchas o te secas, sino simplemente cuando te observo a mi lado. No sé si eso debería preocuparme o si precisamente ahí empieza lo verdadero.

​Con el tiempo se aprende a desconfiar, y no lo digo por ti, sino por quienes prometen quedarse antes de conocer la forma exacta en que uno se marcha. No quiero promesas disfrazadas. Quiero ese instante en que me mires y no tengas preparada ninguna respuesta, con la mirada limpia, para cuando las palabras se queden a medio camino y tengamos que decidir, sin ayuda de nadie, si merecerá la pena seguir acercándonos.


Pie de foto (opcional en Blogger): «Aquel instante en el que las palabras se quedan a medio camino y la piel empieza a presentir lo que todavía está por suceder.

Deseos que se reconocen en la piel antes de encontrar un nombre.


​Hay deseos que no necesitan explicación, y tampoco se la pedimos. Se reconocen en la dermis antes de encontrar un nombre que los defina. Lo nuestro, por ejemplo, tiene algo de incendio mal calculado, de proporciones imprevisibles, cuando te pregunto cuánto me quieres y me contestas que no sabrías decirme.

​No sé quién dejó abierta la puerta, ni por qué hemos llegado hasta este punto con toda esa prudencia absurda que se nos cae de las manos cada vez que nos rozamos. Mañana volveremos a ser sensatos y a calibrar el resultado. Mañana volveremos a poner cada cosa en su sitio. A medir las distancias. A pensar dos veces antes de decir según qué cosas. O quizá no. Ya veremos.

​Pero ahora no es el momento. Déjame equivocarme contigo una vez más. Déjame entrar en ese lugar donde la razón pierde un poco de autoridad y la piel empieza a presentir lo que todavía está por suceder.

​No necesitamos que nadie nos explique cuánto dura una pasión y mucho menos dónde termina. Siempre existirán preguntas que envejecen antes de hacerlas; puedes imaginarte las respuestas.

​Estoy por quedarme aquí, a tu lado, tal vez en este borde incómodo donde todavía puede ocurrir cualquier cosa, sin saber si después habrá arrepentimiento, ni quién de los dos tendrá que recoger los restos de esta valentía... o, si quieres, llámalo osadía.

​Siento que estás cerca, como aquella vez que juntos nos prometimos superar la incertidumbre del no saber qué hacer. Costó lo suyo, pero lo conseguimos. Estamos tan cerca que hasta el miedo parece respirar distinto, como si tener miedo fuese la costumbre, y no es así. Forma parte del momento.


Esa prudencia absurda que se nos cae de las manos cada vez que nos rozamos.


En el borde incómodo donde todo está por suceder.

Solo te propongo que lo hagamos menos previsible y más nuestro.



P.D.: A veces, la única respuesta sensata es dejar que la razón pierda un poco de autoridad y permitir que las cosas sigan Girando a mi alrededor. 




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Comentarios

  1. A veces me pregunto si todos guardamos esa misma prudencia absurda hasta que ya no podemos sostenerla más. ¿Te ha pasado alguna vez eso de saber que te estás equivocando y, aun así, querer quedarte un rato más? Te leo en comentarios...

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